Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna abierta

Hacerse vieja (o viejo)

Cuando cumplí cuarenta años, mi hijo, que ya tenía veinte, me regaló dos libros: ‘La vida empieza a los cincuenta’ y ‘Saber envejecer’. Ese día me pregunté si lo había educado bien o si quizá lo tuve demasiado joven. Debí leerlos, pero no lo hice.

Su contenido me parecía muy lejano, ingenua de mí, y ahora, cuando el futuro ya no es un camino que se pierde en el horizonte, sino una senda borrosa, cortita y llena de baches donde te puedes caer y romperte algo, ahora es cuando me pregunto si estaré envejeciendo bien, sea eso lo que sea.

En una reciente entrevista en el programa ‘A vivir que son dos días’ de la Cadena SER, Manuel Vicent explicó que hay dos tipos de viejos (y viejas): los que huelen a cerrado y los viejos soleados. Los que huelen a cerrado están siempre enfadados, centrados en su malestar, sin querer conocer nada nuevo, aislados del entorno y desolados. Mientras que si eres un viejo (o vieja) soleado, te aireas, te ventilas, eres una persona abierta y dejas que el sol, y con él la vida, entre y salga dentro de ti.

No sé si podemos dirigir nuestro envejecer porque, a menudo, tu circulación, tus pulmones o tus neuronas deciden declinar más rápido de lo que querrías y tu corazón se cansa antes, el aire entra y sale de tus pulmones con dificultad, o se van borrando recuerdos sin que consigas crear otros nuevos, dejándote confundida, como perdida en la niebla. El caso es que llega un día en que ya no dependerá de ti buscar el sol o encerrarte en casa, y a partir de ese día estarás subordinada a lo que otros decidan.

Samanta Schweblin presenta en su libro ‘Siete casas vacías’ dos cuentos que ilustran la teoría de Vicent. Uno es ‘La respiración cavernaria’, donde vemos a una anciana resentida, amargada y rígida que tiraniza a su marido, su único cuidador. Observa el mundo desde la ventana de su casa con recelo y suspicacia, odiando -quizás con envidia- lo que otros tienen. Hasta el final del cuento, cuando el marido muere inesperadamente, no sabremos que tiene la casa llena de avisos en papel que le muestran dónde está cada cosa, lo que tiene que hacer, lo que debe recordar, porque en su mente la memoria huye dejando solo enfado y desolación.

El otro cuento, ‘Mis padres y mis hijos’, muestra una vejez y un deterioro opuestos. Un hombre divorciado viaja a ver a sus hijos que veranean en un chalé con su madre. Lleva a sus padres, ambos con deterioro cognitivo, para que vean a sus nietos. Los abuelos, al llegar, se animan, salen al jardín y, sin que nadie lo sepa, se desnudan y juegan a mojarse con la manguera.

Cuando los nietos los ven, participan en el juego divertidos, se desnudan y se esconden con ellos y los otros adultos siguen sin saberlo. Al no encontrarlos, la madre entra en cólera y avisa a la policía. El hijo los ve jugar, pero prefiere no descubrirlos y dejar que sigan porque, supongo, es capaz de detectar que correr al sol con alegría tampoco reviste un riesgo.

Lo maravilloso en ambas historias es que ni el marido de la primera, ni el hijo de los segundos, le sueltan la mano a los viejos cuando ellos no pueden sostenerse solos y, oliendo a cerrado o perfectamente soleados, son cuidados y queridos.

Si tengo la suerte de vivir más años y, a la vez, la desgracia de no hacerlo del todo en condiciones, espero que mis hijos me permitan solearme, incluso correr y saltar desnuda si el cuerpo me lo pide. Y que no se ofendan ni se asusten, que siempre será mejor que oler a cerrado.

*Psiquiatra

Tracking Pixel Contents