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Opinión | Cielo abierto

Treinta años de Fernando Múgica

Veo los ojos ciertos, soñadores y largos de Fernando Múgica Herzog detenidos en la línea del horizonte, más allá de la Isla de Santa Clara, en la bahía de La Concha de San Sebastián. Es una mirada que parece encontrarse con su propio futuro, que se fija en los pasos que le sucederán. Tras el asesinato de Enrique Casas en 1984, ha levantado el Partido Socialista de Guipúzcoa. Tiene muchas pasiones, porque es un hombre que sabe amar la vida con inteligencia y humor, pero citemos cinco: la abogacía, Baroja, la política, el cine clásico de Hollywood y la Real Sociedad, aunque el orden bien podría ser otro. Desde ese eje puede modularse una visión del mundo, con la fraternidad convertida en presencia más allá de todas las edades. En San Sebastián no se hablará de Fernando ni de Enrique, sino de los Múgica, aunque Fernando, al final, entre sus más cercanos, sobre todo del partido socialista, acabará siendo El Poto. Pero es especialmente una emoción que ha extendido ese mismo sentimiento de hermandad, más allá de la sangre, que le une con su hermano, al resto de los hombres. Para Fernando Múgica el socialismo es la vida y representa esa fraternidad, su generosidad desde la casa de encuentro, tener siempre una cama y asiento a la lumbre para los amigos que pasan por su casa, en San Sebastián, ya sea por puro tránsito o por los muchos viajes para la organización del partido en Euskadi y España. La hospitalidad de Fernando será tan legendaria como la simpatía de Mapi, su mujer, que en los años finales de la dictadura, pero también antes, pasa en su coche al otro lado de la frontera a muchos militantes verdaderos del antifranquismo en su ida y vuelta de Francia, porque la policía fronteriza se rinde a su belleza suave y al encanto de su cordialidad, y la dejan pasar. Lo que ahí está en juego es la coordinación alta de los sueños con la realidad. Es otra España, es otra Euskadi, y desde luego es otro partido socialista.

Cuando el 23 de enero de 1995 un terrorista asesine a Gregorio Ordóñez en el bar La Cepa de San Sebastián, Fernando Múgica dirá a sus compañeros en la Casa del Pueblo que ETA ha matado a un político del Partido Popular, pero también a uno de los suyos. El año siguiente, el 6 de enero, será Fernando Múgica el asesinado, y ocho días después, el 14 de febrero, Francisco Tomás y Valiente. Su presencia sigue dibujando estelas en la mar con Mapi, sus hijos, sus nietos, su familia y sus amigos. Al honrarlo nos hacen recordar el tiempo en el que aún podíamos tocar esa línea del futuro, justo donde la brisa se demora al mirarnos, en La Concha, porque el sueño de un hombre y su legado pueden regresar del horizonte para hacernos más fuertes y más libres.

*Escritor

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