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Opinión | Punto y coma

Memoria fotográfica

Viendo algunos extractos de las sesiones de la comisión de investigación sobre la gota fría acaecida en Valencia en 2024, concluyo que hay comportamientos humanos que obligan a posicionarse. Así, el hecho de que un representante de Bildu le hable a Núñez Feijóo de ‘muertos’ resulta obsceno. Siendo peligroso deambular por estos lodazales, considero tener derecho a ello, pues no necesito otra hemeroteca que mi memoria fotográfica para recordar ciertas fechas.

En efecto, en otoño del 91 rezamos por Irene Villa y su madre con nuestra maestra de Primaria. Cuando aquella mañana de julio del 97 regresaba de entrenar, vi a Ortega Lara salir del zulo en el que había estado secuestrado 532 días. Entonces pensé en todas las piscinas en las que yo había nadado mientras él no veía la luz del Sol. Pocos días después, la pileta de la Universidad de Granada quedó muda cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco. El fin de semana de finales de enero del 98 en que mataron al matrimonio Jiménez-Becerril, me encontraba con mi equipo y mi familia en el contexto de un Campeonato de Andalucía celebrado en Cádiz. Al regresar a Córdoba, un control de la Guardia Civil paró el coche de mis padres cuando atravesaban Sevilla. Y debió de ser duro mostrar un DNI en el que figuran unos apellidos que, en aquellos años, soportaban injustos prejuicios.

No era fácil, en efecto, ser Uruburu y vivir en Andalucía: allí arriba eras un traidor que te habías desmarcado, y aquí abajo se te presuponía del bando enemigo. Diez años después, cuando ya había cambiado el agua por las nubes, supe en una escala en el Aeropuerto de Fuenterrabía que habían matado al concejal socialista Isaías Carrasco. Solo había silencio. ¿Y ahora quién viene a hablar de muertos a quién?

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