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Opinión | Entre visillos

Fructífera veteranía

Cuando la edad deja de ser un obstáculo y se convierte en acicate para seguir en la brecha

Suele decirse, y es verdad, que los años merman facultades e ilusiones, pero no es una ley inamovible ni que se aplique con la misma saña en todos los casos. Hay personas maduras que se reinventan tras la jubilación, haciendo realidad sueños largamente acariciados que hubieron de aplazar para afrontar lo inmediato. Y hay otras que, ya entradas en lo que un cursi llamaría «la edad provecta», en lugar de irse a ver obras y criticar su lenta evolución -deporte preferido de los abuelos- se imponen casi como obligación continuar haciendo, aunque a ritmo autocontrolado, lo que han hecho siempre. Algo así como ir montado en una bicicleta de la que te caes si dejas de pedalear, que era lo que siempre decía el desaparecido Tico Medina con un presentimiento bien afinado, porque dejó de escribir en los periódicos y hablar por la radio y se murió.

Vienen estas elucubraciones a cuento de ejemplos cercanos que demuestran lo fructífera que puede ser la veteranía. Uno de ellos es el incombustible periodista Francisco Solano Márquez (Montilla, 1944), que no cesa de encadenar un proyecto a otro. Y para él los proyectos son siempre libros. Tiene escrita una veintena, aunque no se considera escritor sino firmante de «reportajes largos» con su amada Córdoba como protagonista. Paco Solano Márquez, sin dejar de arrimar el hombro en la Real Academia cordobesa -donde es norma que los miembros longevos, mientras la salud se lo permita, sigan trabajando con el mismo afán que los más jóvenes-, acaba de sacar nueva obra, cuatro meses después de publicar Las Tendillas de Córdoba, de lectura imprescindible si se quiere conocer la verdadera esencia de esta ciudad. La que ayer presentó en la Fundación Cajasol, patrocinadora de esta edición no venal, se titula Córdoba en un suspiro, y en ella recoge, actualizado y aumentado, el «Paseo sentimental por Córdoba» con el que en 1995 cerraba a modo de epílogo los cuatro tomos de Córdoba Capital, enciclopedia en fascículos distribuidos en su día por Diario CÓRDOBA y promovidos por la Caja Provincial de Ahorros bajo la coordinación del maestro Solano. Lo de «suspiro», apunta él, va por su brevedad y tamaño, pues se trata de «un librito», como lo define el autor, de 108 páginas y pequeño formato. El suficiente como para, sin ser una guía turística ni monumental, plasmar de manera magistral en una crónica «impresionista y algo nostálgica» el aliento de la ciudad.

Pero, si de perseverancia se trata, no debe haber caso más notorio que el de Rafael Botí Torres, hijo del gran pintor cordobés que da nombre a la Fundación Botí, donde ha ido a parar la mayor parte de sus cuadros gracias a su único descendiente. Coleccionista de arte y mecenas de generosidad abrumadora, Botí hijo ha lanzado, con 95 años, el enésimo catálogo en torno a la obra y figura paternas, apenas unos meses más tarde de que apareciera el que todo indicaba que sería el último. Donaciones de la familia Botí-Blanco (el segundo es el apellido de su mujer, Dely, tan dadivosa como él) es un libro-joya profusamente ilustrado que, como todos los anteriores, responde al fin que ha guiado su existencia, guardar la memoria del artista y promover su legado. Y a ello se ha propuesto seguir aferrado mientras le quede vida.

Puede que hasta después, porque hay tenacidades póstumas. Ahí está la sombra alargada de Julio Merino como muestra. Pertinaz letraherido, transcurrido un año de su fallecimiento el periodista y escritor de Nueva Carteya que, tras una exitosa carrera en la corte madrileña escogió Córdoba para su retiro, revivió hace unos días con la escenificación de una de sus piezas teatrales, Napoleón, en el Palacio de la Merced. Porque no se acaba nada hasta el final, y a veces ni eso.

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