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Opinión | PASO A PASO

Francisco Dancausa Ruiz

Intimidad subastada

Hay pobrezas que aún conservan la dignidad antigua del pudor: se las puede esconder tras una puerta, tras una cortina, tras la sonrisa que finge normalidad. Pero hay otra pobreza moderna, ruidosa y fluorescente, que no se esconde porque se anuncia: «Se alquila habitación». No es el cuarto del estudiante que celebra su primera libertad ni la estancia provisional del viajero; es el sucedáneo de hogar que el mercado ofrece a quien ya no puede pagar un techo entero. Y entonces la miseria cambia de máscara: ya no pide limosna, ofrece perfil.

Mire usted los anuncios: «solo una persona», «no parejas», «no visitas», «cocina con horario», «baño compartido», «preferible perfil tranquilo». El lenguaje del alquiler se parece al de una pensión disciplinaria, y la casa, ese antiguo santuario donde uno se descalzaba el alma, se convierte en un reglamento pegado con celo en la nevera. Pagas por una llave, sí, pero también por la obediencia: por la renuncia a existir a tus anchas, por el derecho a ser silencioso.

A eso se le suman otros síntomas, de esos que no caben en los discursos optimistas: hogares que apagan la calefacción antes de tiempo, neveras que se llenan a final de mes con una austeridad de posguerra, tarjetas que tiemblan en la caja del supermercado, jóvenes que posponen indefinidamente la vida porque la vida, sencillamente, no cabe en su sueldo. La pobreza ya no es solo falta de ingresos: es falta de espacio, falta de horizonte, falta de reposo.

Nos hemos acostumbrado a discutir la vivienda como si fuera un gráfico, una oferta, una demanda, un índice que sube y baja. Pero la vivienda es, antes que economía, biografía. Cuando un país empieza a vivir en habitaciones, empieza a encogerse por dentro. La gente guarda su vida en bolsas de deporte; conversa en voz baja para no molestar; mide la ternura como quien mide el volumen de la televisión. Y así nace una clase nueva: la de los inquilinos de sí mismos, huéspedes permanentes en su propia ciudad.

Se dirá que siempre hubo realquileres, que nuestros mayores conocieron la estrechez. Cierto. Pero aquello era un mal necesario en una cultura que aspiraba a la casa; hoy se nos vende como estilo de vida, como flexibilidad, como «coliving», palabra inglesa para barnizar con modernidad lo que no es más que hacinamiento con wifi. Y lo grave no es solo el precio: es la pedagogía de la resignación, esa idea de que lo normal es vivir a medias.

El síntoma final es claro: cuando el futuro se te reduce a una cama y un armario, el país ha dejado de prometer. Y un país que ya no promete termina por exigir: paciencia, silencio, gratitud. Mientras tanto, la intimidad -esa última propiedad del pobre- se subasta por meses, como si fuera un trastero con ventana. No es solo vivienda: es ciudadanía reducida a pasillo.

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