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Opinión | Tribuna abierta

El error de Trump y el Apocalipsis

Vivimos momentos de incertidumbre, de temor, se dice. Y si uno va al Museo de Historia Natural de Washington DF y se introduce en la sala de los Inicios de la Vida y contempla el gigantesco mural de una hipotética génesis de lo que daría lugar al homo sapiens, nos sobrecoge una interrogante fría, inquietante, de tierra como gelatinosa, de atmosfera ligeramente sulfúrica, de mar metálico y enigmático... Es un escenario que espera lo que va a nacer.

Y cuando avanzas en esa sala te va absorbiendo la base de la vida, quizás desde el meteorito de Murchison de hace 4.500 millones de años, probable antigüedad de la misma Tierra; y la presencia del óxido de hierro en la Roca de Groenlandia que presupone ya una atmósfera con oxígeno; y ese momento de hace 3.500 millones de años cuando los primeros organismos vivos aparecen en nuestro planeta hasta los estromatolitos, primeras bacterias fósiles, al ichthyotega, con cola de pez, y cuerpo de anfibio hace 420 millones de años y, finalmente, al eurypterides, primer animal que se aventura a salir del agua a tierra firme… Y ya la presencia del león y el gato y la molesta mosca y el Australopitecus africnus y otros homínidos del periodo Holoceno… hasta Donald Trump, espécimen del Antropoceno por excelencia.

De la materia nace el espíritu, dice la filosofía del materialismo, y desde estos orígenes de la vida inteligente hasta Emanuel Kant (entre otros ilustres antecesores) para quien el hombre era «una cosa velada y oscura», la especie humana ha pensado que llegará un momento en que habrá alcanzado su plenitud en el proceso evolutivo. No hace mucho (1992) el politólogo Francis Fukuyama se le ocurrió anunciar «El fin de la historia», y tuvo mucho éxito aprovechando la desaparición de la URSS: el tiempo no es ya cíclico y el capitalismo pervivirá para siempre.

Si uno contemplara un hipotético mural de la Historia humana vería que, en expresión de Hobbes, desde siempre «el hombre ha sido un lobo para el hombre» y en el capitalismo, y por su misma naturaleza, los lobos no han dejado de devorar a los corderos. Trump es un empresario depredador vestido de político y cree que la fuerza militar le dará lo que ambiciona su megalomanía y la hegemonía que otrora gozó su país. Se equivoca Trump. No estamos en 1945, cuando EEUU era el único poseedor del arma diabólica. Hay bombas atómicas para hartarse en los arsenales de varios países. Una guerra nuclear bastaría para acabar con el proceso evolutivo y con la civilización misma. Suprema paradoja: Con su uso se habría alcanzado el fin de la historia, sí, pero no como sublime realización humana sino destruyéndola para siempre. Tal vez de aquí los cambios continuos en las amenazas de Trump, que parecen más de trastornado que de un líder democrático pacificador en busca de un mundo más justo y libre. «¡Sooo, burro!» (con perdón para el burro), se dirá en sus momentos de lucidez. Si no para, alguien acabará por apretar el botón.

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