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Opinión | Cosas

Las calles de Springsteen

Seguramente, Bruce Springsteen rechazaría que lo identificasen como un profeta; pero en buena manera lo es. Ha cambiado el cayado y la túnica desarrapada por la guitarra eléctrica y el chaleco de cuero, pero la esencia es la misma: la gravedad y la rotundidad del mensaje frente a un futuro, que ya es presente, necesitado de redención. En un santiamén ha compuesto un himno frente a la crueldad de la policía anti migratoria y se ha plantado en la ciudad que le da nombre a esa canción. Minneapolis se ha convertido en el trágico, pero al mismo tiempo esperanzado resurgir de los derechos civiles tras esa aplastante hibernación a la que le está sometiendo el oso de pelo anaranjado.

Minneapolis quiere ser el dique frente a la arbitrariedad de las deportaciones, al igual que el puente de Selma (Alabama) se convirtió en los sesenta en un símbolo frente a la segregación racial. La crueldad de esta guardia pretoriana ya ha matado a dos personas de raza blanca, nada sospechosas de tener la piel de un indocumentado, pero que tuvieron los arrestos de manifestarse contra esa ignominia donde es fácil visualizar la plástica del maniqueísmo: por un lado, Greg Bovino, jefe de estos escuadrones que realizan bochornosas razias para capturar a los sin papeles; un tipo que, más que ocultar, orea un estilismo nazi. Por otro lado, Liam Conejo, ese niño de cinco años con una gorra de Pokémon cuyo arresto cínicamente obedecería a su potencial peligrosidad, rememorando esa solución drástica el carácter preventivo de la matanza de los santos inocentes.

Yo no quiero que la sociedad española se espeje en esta caza y captura del gobierno estadounidense. Somos conscientes de que la invocación del extranjero levanta muchas ampollas; que los vientos dominantes arrecian contra cualquier argumentario que se desvíe de esta canon radical que otorga una presunción de sospecha al extranjero. Esta propuesta de regularización de migrantes efectuada por el Gobierno ha levantado un corifeo de protestas y exabruptos. En cierto sentido, se trataría de una reacción instintiva ante ese agotamiento de credibilidad que se ha trabajado el sanchismo.

Vivimos unos tiempos en los que pocas veces el tacticismo político está tan alejado de la filantropía. Sin embargo, por encima de cinismos, habría que dejar un margen a las presunciones de ingenuidad. A no lanzarse a las barricadas contra cualquier intento de regularizar la situación de personas que han venido honestamente a ganarse la vida en nuestro país y en la que los asépticos vientos de la estadística soplan a su favor: una inmensa mayoría de los extranjeros que podrían beneficiarse de esta regularización provienen de países que hablan nuestra misma lengua y tienen el mismo acervo religioso, para aliviar toda esa retahíla de clichés y prejuicios. Y estas bonancibles tasas de crecimiento económico se apoyan en buena parte en el dinamismo de esa población extranjera que ocupa esa franja del mercado laboral rechazada por los españolitos que ejercemos de cristianos viejos.

Entiendo que el PP tiene que hacer un ejercicio de contención frente a las voces propias que le empujan a entrar en esa subasta de testosterona, vociferando contra otra triquiñuela del Gobierno. Huero argumento resulta blandir la acción del Gobierno en el odio al extranjero, y en considerarlo en el aglutinante de nuestras frustraciones. No son días para una cándida permisividad de las fronteras, pero ello no excluye poner negro sobre blanco de quienes viven y hace tiempo sienten que este país es su hogar. Me gusta Springsteen, pero prefiero que no dedique una canción a las calles de una ciudad española.

*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor.

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