Opinión | Lo que pasa y pesa
El arte de estar triste
El otro día celebré mi cumpleaños. Mis veintiocho, aunque todavía me siento como una adolescente que sigue intentando entender en qué consiste la vida. Pero bueno, no es exactamente de eso sobre lo que quería escribir. Lo menciono porque hace un año no quise celebrarlo. Me encontraba en una etapa en la que convivía con la tristeza y la apatía. Me parecía extraño celebrar algo cuando, por dentro, sentía que una parte de mí se estaba apagando poco a poco. Me equivocaba.
No me gusta etiquetar a las emociones como positivas o negativas, porque todas tienen una función y todas nos avisan de algo. Pero sí sé que algunas son más agradables de transitar, y la tristeza no es una de ellas. Pero esa es su misión: incomodarnos, obligarnos a escuchar lo que duele, recordarnos que hay algo que necesita ser atendido y empujarnos a buscar aquello que nos devuelve sentido. Sé que estoy triste porque he sido feliz.
Una de las mejores formas de permitir que la tristeza cumpla su función y desaparezca es validarla. Y no, no me refiero a lo que los típicos gurús de internet nos quieren vender bajo el cliché de «solo piensa en positivo». Validar una emoción es permitir que te acompañe mientras vives tu vida. Es saber que estás triste pero dejar que en tu vida sigan sucediendo cosas. Para eso necesitamos tiempo. Pero no un tiempo pasivo que pasa mientras estamos tirados en la cama (sé que es fácil caer en esa trampa). Necesitamos tiempo activo: ser protagonistas de nuestra cotidianidad, aunque sea sin ganas. Preparar un café, salir a pasear, desahogarte con un amigo, ir al cine, escribir, comerte un helado... Hacer eso que nos mantiene en pie. Porque las ganas no aparecen por sí solas: aparecen haciéndolas.
Y así, llega un día en el que la tristeza sigue ahí pero ya no pesa tanto. Y vuelves a recuperar el pulso de tu propia historia. Pasar de la apatía a celebrar estos veintiocho no es solo un cambio de número; es la prueba de que ese tiempo activo funcionó.
No quiero que esto suene a una lección de vida, sino como un soplo de aire fresco para quien lo necesite hoy. Si te encuentras en ese lugar gris por donde todos pasamos alguna vez, recuerda: los procesos no son lineales y no hay prisa. Lo que realmente nos salva es la paciencia con nosotros mismos. Eres mucho más que una emoción; no permitas que lo que sientes hoy defina quién eres. No todo depende de ti, pero, por favor, nunca dejes de caminar.
*Psicóloga
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