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Opinión | Calma aparente

Más lluvia

Para mí no hay debate. Con una tarde de lluvia me basta, lo siento por el campo. No me reporta tanto regocijo ver las gotas serpenteando sobre la superficie de los cristales, no le hago fotos a los reflejos de los charcos, no celebro la crecida de los ríos. A mi juicio, además, el paraguas es la materialización del desaliento: se olvida en cualquier parte, dificulta el tránsito por las aceras, y un despiste puede convertirlo en un arma mortal. Al parecer, se sigue invirtiendo en su perfeccionamiento; ya los hay que soportan vientos de tormenta de hasta cien kilómetros por hora, como si una persona que sale a la calle en esas circunstancias no tuviese problemas más graves que la mayor o menor resistencia de su paraguas. En cualquier caso, esa es otra cuestión clave: estos días no solo llueve, sino que el viento también sopla con fuerza. El festival está siendo un éxito, ningún artista invitado se ha caído del cartel.

Por otro lado, contamos con otro gran espectáculo, el de las baldosas sueltas, una moda que arraigó en la ciudad; de hecho, ya se ha conseguido, con una dejadez meritoria, que el centro pueda recorrerse por completo saltando de una en otra. Al poner el pie encima, el agua que esconden debajo sale disparada con una intensidad directamente proporcional a la de la pisada, de tal modo que, si a alguien se le ocurre ir por la vida caminando con determinación, el chorrazo está garantizado. En ese sentido, conviene asumir cuanto antes que uno no va a volver con los pantalones secos a casa. En la vida es importante saber ahorrarse frustraciones.

Este tiempo, en definitiva, no se aguanta ni en vacaciones. Tanto es así que entiendo que se retrasen hasta los partos: ¿acaso alguien prefiere el apocalipsis de estos días a la vida intrauterina? Por apuntar algo positivo, reconozco que tanta lluvia me animó a ver de nuevo Los Soprano, y volver a Nueva Jersey y a la consulta de la doctora Melfi nunca viene mal. Aun así, estoy cansado de patear hojas muertas, de revisar el tiempo en el móvil, de caminar encogido y con los ojos achinados. Espero ansioso la primavera. Elegiría siempre el cielo despejado y el aire fresco e inofensivo. ¿Quién teme la canícula después de este vendaval? Estos días, pensando en la bienvenida al buen tiempo, mi mente se traslada a la plaza de Abades: naranjos, suelo empedrado, gafas de sol, cervezas resplandecientes. En cuanto pueda, me iré a la terraza del Barón. Lo mismo me da salmorejo que mazamorra, tortilla con cebolla o sin cebolla. En la vida es importante saber ahorrarse algunos debates.

*Escritor

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