Opinión
El apaciguamiento
El apaciguamiento, vigente en la política diplomática desde hace décadas, empieza a oírse cada vez más en la relación de la Unión Europea y otros actores internacionales con la Administración estadounidense actual. Se trata de una política que se define por la realización de concesiones políticas o económicas o territoriales frente a una potencia agresora con la finalidad de evitar que sus pretensiones o amenazas deriven en un conflicto mayor.
Junto a ello, ya hemos oído, leído y escrito la similitud de los tiempos presentes con la década de los años treinta del pasado siglo. No está de más, por mucho que se repita, que la historia actual cada día suena demasiado similar a la de aquellos años que vieron el nacimiento del fascismo y el nazismo. Añado un elemento: el primer ministro de Canadá nos ha expuesto brillantemente en Davos, que basta ya de disimular terminológicamente, que la manera de combatir unos hechos es llamarlos por su nombre. Hay que abandonar los eufemismos y señalar que Donald Trump adopta actitudes políticas que integran elementos de las viejas doctrinas fascistas y evocan comportamientos que rememoran esos horribles tiempos.
En esta lógica discursiva no hay que ser un avezado historiador para traer a la memoria la política llevada a cabo por Neville Chamberlain, primer ministro del Reino Unido de 1937 a 1940, respecto a la Alemania de Adolf Hitler. En su defensa algunos señalan que pesaba el recuerdo de las atrocidades de la I Guerra Mundial y su loable objetivo era evitar de nuevo una contienda europea. Mantener por encima de todo la paz con Alemania impulsó la tolerancia respecto a agresiones flagrantes de los equilibrios internacionales vigentes tras la Paz de Versalles. El incumplimiento de ese tratado fue tolerado por el Reino Unido, lo que permitió a Hitler rearmarse y militarizar Renania, anexionarse Austria y ocupar Checoslovaquia. En ese punto Chamberlain firmó con Hitler los Acuerdos de Múnich en septiembre de 1938 con los que regresó a Londres enarbolando el célebre documento en el que afirmó que había logrado la «paz para nuestros tiempos». Solo un año duraría la vigencia de ese celebrado pacto. En septiembre de 1939 los nazis invadieron Polonia poniendo punto final a toda esa política diplomática que fue incapaz de apaciguar a la fiera autoritaria que Hitler representaba.
En esta lógica política no puedo olvidar dos derivadas. La primera, que hay otros autores que no son tan bondadosos con Chamberlain. En ese grupo se sitúan aquellos que mantienen la tesis de que el apaciguamiento en realidad lo que perseguía era permitir que Hitler extendiese su dominio hacia el Este, agrediendo y debilitando a la Unión Soviética, y permitiendo al Reino Unido mantener su imperio colonial y su influencia en Europa occidental. Es decir, afirman que, a cambio de esas concesiones a Hitler, éste se ocupase de frenar a los soviéticos y dejar campo libre a los británicos. La segunda derivada, enlazaría con la anterior. La política ruin y cobarde del Reino Unido y Francia de no injerencia en la Guerra Civil española, a pesar de las evidentes intromisiones de Italia, Alemania y la Unión Soviética, toleraba un nuevo marco de enfrentamiento entre esas potencias con el supuesto propósito de debilitar también al presunto proyecto comunista de los soviéticos en España, permitiendo a los regímenes dictatoriales establecer un nuevo fascismo en la península ibérica y así librarse de la posibilidad de una teórica expansión soviética en nuestro país. Valía la pena sacrificar la democracia española a cambio de mantener la preeminencia inglesa en Europa.
Todo lo que podía salir mal en estas estrategias «apaciguantes» salió mal. Aguantar, soportar y conceder espacio a un matón solo permitió que se envalentonase aún más. Los soviéticos finalmente no “conquistaron” España, pero al acabar la guerra mundial terminaron ocupando toda la Europa del Este. El imperio colonial británico cayó de seguido estrepitosamente y su antigua hegemonía global dio paso al nacimiento del imperio estadounidense. Todo ello con el precio de casi sesenta millones de muertos, millones de desplazados, heridos y la destrucción de buena parte de Europa.
Por supuesto, que las circunstancias actuales no presentan los mismos esquemas, pero veamos. Tolerar la injusta agresión de Rusia sobre Ucrania ¿qué persigue? Claramente, debilitar a Europa y sus políticas democráticas, defensoras de los derechos humanos y reguladoras de agresiones al medio ambiente y a los derechos de los ciudadanos frente a los abusos de las empresas tecnológicas de Silicon Valley. Las amenazas territoriales a Groenlandia, Canadá y México, más la invasión de Venezuela ¿qué objetivo conllevan? Exponer al mundo que ese hemisferio es el nuevo “lebensraum” norteamericano.
Donald Trump no va a parar porque le pasen la mano por el lomo o le besen las botas, como hace toda la ultraderecha europea, en absoluto patriótica, o el melifluo secretario general de la OTAN. Únicamente va a parar si frente a él hay firmeza y determinación como la que debe mostrar la Unión Europea ante sus bravuconadas y políticas agresivas. El discurso de Mark Carney ha desnudado la política ficción con la que Estados Unidos ha engañado al mundo: ya no hay un orden internacional basado en reglas. Ni siquiera en las reglas que en su momento Estados Unidos impuso al mundo. Ha tenido el valor de decir que «sabíamos que ese orden» era parcialmente falso y que solo servía a los intereses de Estados Unidos. Sin embargo, ahora el gigante americano ni siquiera quiere disimular.
Ha llegado el momento de dejar de fingir. Llamar a las cosas por su nombre, fortalecer a Europa frente a un salvaje mundo nuevo, buscar nuevos equilibrios y dejar de poner todos los huevos en la misma cesta. Ni el «USA way of life» nos representa, ni Estados Unidos es nuestro aliado. Al contrario, es nuestro enemigo. Es preciso hacer un esfuerzo militar importante pero no para incrementar el presupuesto de la OTAN, sino para crear una nueva alianza defensiva al margen de esa organización. Hay que revisar el estatus de las bases militares norteamericanas en Europa y hay que estar atentos a los riesgos emergentes señalados.
Primer riesgo, hay que aislar dentro de la UE a los países que no respeten los principios fundamentales de defensa a los derechos humanos y los valores democráticos. Segunda amenaza, el triunfo de la ultraderecha en España, Francia, Alemania o Italia, supone directamente favorecer los intereses autoritarios en Europa, mermar los derechos de los europeos y debilitar o romper el estado del bienestar para sustituirlo por el modelo de sociedad privatizada como la que existe en Estados Unidos: sanidad privada, educación privada, pensiones privadas, sociedad rota. Tercer riesgo, los partidos de ultraderecha son los peores enemigos de la patria. Justamente lo contrario de lo que venden. Vox, igual que el resto de “patriotas” europeos, se pliega a los intereses de una nación extranjera. Y, cuarta amenaza, directamente enlazada con la anterior, Estados Unidos baraja el apoyo a Marruecos como el garante de sus intereses en esta zona del Mediterráneo. En caso de invasión de Ceuta, Melilla o las Islas Canarias, Estados Unidos no dudará en apoyar a Marruecos para debilitar el flanco sur de la Unión Europea y a España como país que discute algunas de sus políticas. Si los ciudadanos no tienen claro esto cuando votan a la ultraderecha en España, es que son también antipatriotas o ignorantes. No tengo claro que es peor.
Espero equivocarme, pero todas las muertes que está ejecutando el ICE y compañía en los estados gobernados por los demócratas, solo persiguen justificar la suspensión de las elecciones de noviembre que Trump sabe que va a perder irremisiblemente, con el argumento de que la «seguridad nacional» está amenazada por el «terrorismo doméstico». Entonces, habrá acabado con lo que queda de democracia en Estados Unidos y se habrá fundado el nuevo nazismo norteamericano, con el que ya coquetearon en su día viejos referentes de aquel país: Ford, Lindberg, Walt Disney, Lloyd Wright, KKK, … y del que aquella vez nos salvó el bombardeo japonés a Pearl Harbor. Así que guárdense su apaciguamiento y actúen.
*Catedrático de la Universidad de Córdoba
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