Opinión | El cuerpo en guerra
Pulseras
El último recuerdo que tengo antes de «el incidente» (la estancia en el hospital de este verano) es estar en la UCI tumbada mientras intentan cogerme una vía, me limpian y desprenden de mí todas mis posesiones: el anillo que compré en el último festival precovid al que fuimos Manu y yo, el que me regaló la madrina, todos los pendientes, las cadenas que llevo en el cuello, el reloj al que nunca cambio la hora, la pulsera... Esas pertenencias que no me quito nunca, con las que me ducho y duermo, y que tienen un significado. Pareciera que intentaran borrarme todo lo que me representa, porque a ellos sólo les importaba la pulsera azul que te colocan con tu nombre, tu fecha de nacimiento y el número de historia clínica al cruzar Urgencias, como si esos fuesen los únicos tres datos que quedan al final.
Y pasé tantas semanas con la pulsera azul que al volver a casa no me la quité. No me di cuenta. Para entonces, los datos básicos ya estaban borrados. Yo también era otra, una distinta de la Ana a la que le pusieron la pulsera, aunque no supiera todavía cuál. Después me la corté y la guardé en un cajón. No sé cuándo me coloqué el reloj y los pendientes, enseres que me resultan básicos, pero creo que fue al poco. Y no me ha dado tiempo a «rearmarme» más (el anillo del festival ya no me cabe, es lo único que he intentado) cuando ya me han puesto otra pulsera. Esta vez es roja, de goma, para que no haya problemas con el agua, y pasaré con ella un tiempo indeterminado (puede que varios meses).
Ayer comencé mi proceso de rehabilitación, de ir a trabajar en mí misma a la otra punta de Madrid (está a una hora de mi casa), en el Centro de Referencia Estatal de Atención al Daño Cerebral Adquirido para intentar recuperarme de las secuelas del ictus. Continuamente la gente me dice que me ven muy bien, que no pareciera que me ha pasado todo eso... Cómo no: de nuevo lo que me pasa, como el dolor, no se ve, es algo más profundo, pero tengo mucho trabajo por delante.
Si antes no era capaz de mirar al futuro, ahora sé que me esperan unos meses de mucho esfuerzo físico y mental en los que el dolor y lo de la pulsera roja son lo primero y durante los que cada día probablemente me sienta exhausta física y mentalmente. Que probablemente tenga menos fuerzas para ver a mis amigas, leer o salir, esto es, para nutrirme, que es lo que necesita en este momento una chica deprimida como yo. Pero, cuando llega el momento, las pulseras mandan. Una vez que las colocan en tu muñeca, todo lo demás se desvanece y sólo cuenta eso, el cuerpo. Queda confiar, supongo, pero una chica como yo ya nunca confía. Y a la salud mental le pasa factura que la releguen a un lugar secundario.
*Escritora
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