Opinión | Cielo abierto
Memorias democráticas
Estos días pienso en Antonio Machado y en su amor sin trincheras. En cómo una voz poética puede asimilar la plenitud de una ascensión telúrica entre el hombre y la tierra. Eso es lo que dice María Zambrano de sus poemas, de su libro ‘La guerra’, con dibujos de su hermano José Machado y publicado en 1937, pero también de ‘Soledades’ y ‘Campos de Castilla’: que hay una fuerza pura anterior a la propia política y la historia, una especie de verdad esencial de los pueblos que sólo puede enraizarse en la voz del poeta. Es entonces cuando Zambrano emparenta a Antonio Machado con Homero: porque tanto en la ‘Ilíada’, como en la ‘Odisea’, sean uno o varios sus autores, lo que sentimos es el pulso colectivo o la verdad de un territorio erguido que nos mira sin tiempo y que nos habla. Algo de eso puede haber en Antonio Machado quizá con más hondura humanista que en Lorca, que es otro tipo de verdad en relámpago, y Machado es la tierra. Pero la significación absoluta de Antonio Machado y su peso real en nuestra vida no tiene sólo que ver, como es sabido, con su desarrollo literario y de su encarnación involuntaria de todo el siglo veinte poético español, sino con su dimensión como metáfora al paso del exilio y la derrota republicana.
Porque Antonio Machado protegió su amor sin trincheras, en contra de lo que nos han querido hacer creer; pero sí tuvo su trinchera, y bastante bien definida, por cierto, porque apoyó a la Segunda República hasta sus últimas cenizas y dejó sus huellas sobre ellas: al salir de Madrid en noviembre de 1936, siguiendo al Gobierno hasta Valencia, donde escribe desde mayo del año siguiente en Villa Amparo, en Rocafort, y también al llegar a Barcelona ya en mayo del 38, en el Hotel Majestic y después en Torre Castañer. Pero aún quedaba lo más duro: la última noche en España, en Viladasens, y cruzar luego la frontera, tras pasar por la estación de Cerbère, hasta encarnar él mismo todo el peso de la derrota republicana en Collioure, mostrando para siempre su senda de estelas en la mar.
¿Y la trinchera ideológica de Manuel Machado? Esa está menos clara, en contra de lo que también nos han hecho querer pensar, y le he dedicado mi novela ‘El querido hermano’. Pero si ellos, que sufrieron, mantuvieron su cariño intacto hasta el final, nadie tiene derecho a reabrir esa herida para vivir de ella. Además de la guerra civil, la memoria democrática también es los asesinatos de los abogados de Atocha, en enero de 1977, o de Gregorio Ordóñez, en enero de 1995. Hay que estar en la reparación real de todas las víctimas del terror, pero no regalar al 36 una actualidad que le negamos al 95. El pasado vuelve, y la verdadera poesía es la que cicatriza el dolor de los hombres.
*Escritor
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