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Opinión | Punto y coma

«La fe de mis mayores»

Hay tragedias que no admiten justificación ni consuelo, pues el lenguaje humano no dispone de palabras para todo. Sin embargo, cuando la muerte irrumpe abruptamente y de forma colectiva, el dolor se convierte en algo compartido y atraviesa pueblos enteros. Estos días, ese duelo común se ha hecho visible en Adamuz, en Córdoba capital y, de manera especialmente lacerante, en Huelva y su provincia.

El regreso a casa que nunca se concluye es una de las imágenes más devastadoras que dejan las desgracias. ¿Qué mal hizo ese padre que se desplazó a Madrid para apoyar a su hijo en su profesión como deportista de élite? No hay derecho a que el viaje terminase donde no debía. Ante situaciones así, se hace evidente que el dolor no puede ser gestionado desde arriba mediante fórmulas estándar diseñadas para cualquier suceso trágico. Hay sufrimientos, en efecto, que no admiten relato de las instituciones, toda vez que estas fallan. Así, en tiempos en los que se da por hecho que la religión vive arrinconada, impresiona comprobar cómo, a pesar de padecer un dolor radical, muchas personas siguen encontrando en la fe un lugar donde apoyarse, sin necesidad de justificarse.

En Huelva, el testimonio ha venido de la generosidad del deportista Davinci, que ha dado una gran lección a muchos. Este futbolista profesional, joven, expuesto mediáticamente y sometido a una mirada constante, ha mostrado que la fe no es incompatible con la juventud, ni con el éxito, ni con la modernidad. Su forma de afrontar la pérdida rompe con la imagen superficial que a menudo se proyecta sobre los jóvenes. Es «la fe de mis mayores», que decía Machado: la que a Davinchi le transmitió su padre, David Cordón.

*Lingüista

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