Opinión | No ni na
El aviso naranja
No me preocupa que un escritor, venda mucho o poco, renuncie a estar en un congreso. Allá cada cual con sus estrategias de eso que los teóricos de la literatura llaman self-fashioning (autobombo, o sea). Más antiguo, por cierto, que el hilo negro. A ciertas edades, uno elige sus compañías como escoge sus batallas. Sí da que pensar que un candidato a cargo electo como Antonio Maíllo, al que uno le tenía cierto respeto intelectual, decida que lo mejor es no debatir sus ideas sobre las causas y consecuencias de la Guerra Civil española -en el caso de que las tenga- o que se tenga que suspender un ciclo sobre la materia, organizado por un tipo tan peligroso como Vigorra. Se lee cada cosa que lo flipas, Jesús, paremío.
Esto de las jornadas de la Fundación Cajasol es un aviso naranja del estado del debate público. No sentarse en la misma sala de quien difiere de una visión del mundo es un síntoma de los tiempos. Alguien debería mandar un mensaje Es-Alert sobre el nivelito de estos prescriptores tan temerosos de contagiarse. Riesgo extremo de cagabandurrias -que diría mi compadre Juanlu Piqueras, miembro del comando autónomo de La Inaudita-, busquen un lugar seguro en las baldas altas de las estanterías. Conclusión: que no se hable del tema ante la posibilidad de que alguien se lleve un pescozón por el boicot a una presunta concentración de fachas.
Me pasa con esto que yo sí tengo edad para haber visto La Clave, aquel programa de Balbín donde ponían película y debate con humo de tabaco en todos sus formatos. Comunistas fetén recién llegados del exilio y franquistas con papeles se trataban de usted bajo el mismo techo, el de un país que era el suyo. Algunos arrastraban un currículum para no creérselo y allí estaban. Sinceramente, nos daba cien vueltas aquella gente. Tan culpable de casi todo pero tan dispuesta a la enmienda.
Vivimos tiempos extraños. No se pretende tener razón con el rigor, el estudio, el análisis sensato o la argumentación basada en hechos. Con la diferencia de criterio que permite al público interesado separar la farfolla de lo mollar. Lo que triunfa en ciertos márgenes es el silencio obligado del otro, el discurso dirigido al nicho de mercado. El trágala de la identidad grupal por encima de la evidencia.
Una encuesta reciente dice que el 5% de los españoles cree que el planeta Tierra es una planicie. Nadie parece haber caído en lo evidente. Son los demás, el 95% restante -aquellos que creen que tiene forma esférica y se encuentra achatada por los polos-, quienes están en lo cierto. Aplauden y no saben que tienen el mismo fino bigote sobre el labio superior de aquel que se preguntaba en Hermano Lobo aquello de «o nosotros o el caos».
Y es que da igual, porque también son el caos.
*Periodista
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