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Opinión | Hoy

Ordeñar sangre

Profesión del Poder. Ordeñar sangre de la gran ubre del pueblo, convertido en masa de carne, en la gran vaca estabulada, amordazada a un pesebre entre hierros, por donde asoma la testuz para comer y el trasero para defecar, y volver a mascar lo estrictamente necesario, lo estrictamente imprescindible para dar toda la leche, y cuando ya no tiene más, a la carnicería y al osario, que se muera de cualquier enfermedad, de cualquier accidente, en cualquier cola de cualquier servicio público y cualquier política sólo apariencias, eufemismos y palabrería para que la vaca pueblo se crea la realidad virtual que lo atraganta con discursos, en las Cortes, en la oratoria barata de debates televisivos, en las poses de esos escritores, floreros de los ordeñadores, perros que vigilan el establo, ratas que defecan en el heno, gusanos que roen el moyuelo y lo hacen fermentar; la pestilente cárcel del establo y sólo libre la ubre, para ser ordeñada fácilmente cada día, bien ordeñada, bien exprimida hasta quedarse hecha un pitraco sanguinolento, sin más jugo, sin más ánimos que acostarse sobre su propio estiércol, y rumiar, y matar moscas con el rabo, y empezar de nuevo este ordeño que nos tiene castrados, que nos tiene entontecidos, sin ganas de pensar y rebelarnos y no dar más sangre a esa canalla que nosotros mismos elegimos desde la claraboya y los ventanos en el techo de la cuadra; sólo mugir exhaustos, vencidos en el estiércol de nuestras propias heces. El pueblo, convertido en una inmensa carne desollada, atolondrada por el frío y por la soledad; y descender cada noche sobre ella, cernirse sobre ella, en enjambres de moscas, en bandadas de vampiros, macerada en inmensas ciénagas podridas, donde pululan, palpitando, las sanguijuelas de las poltronas oficiales; lanzarse sobre ella en colmillos, interminables agujas de la jeringa gigantesca que cada amanecer se clava al pezón del pueblo en ayunas, aterido; agarrarse con su uña poderosa y succionar más sangre hasta el plasma; apretar la enorme mano de dedos poderosos que oprime y saca hasta la última gota de sangre, hasta la última gota de sudor; ordeñar al pueblo en hipotecas; crearle la lasciva fantasía de si consume es feliz; rábano para el pueblo, que tira de la noria de su sangre, y detrás el látigo de más impuestos, que fustiga, y el pueblo confunde con otra ensoñación. Y se abre el día, y el pueblo deambula hacia el ordeño, borracho con bascas en otro amanecer, dando arcadas sin nada que expulsar. Impuestos e impuestos, sangre del pueblo para alimentar parásitos, tenias, garrapatas, virus de sueños, y cuando sucumbe uno, hay cientos que esperan en la cola. Y así pasa otro día.

*Escritor

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