Opinión | Entre visillos
Enero negro
Desastres ferroviarios, inclemencias meteorológicas y otras pesadillas marcan el inicio de un año que promete ser intenso
El nuevo año no podía haber empezado peor -o sí, porque nunca se sabe la cantidad de malas noticias que pueden acumularse ni qué grado de resistencia tiene el ser humano para afrontarlas-. En estas primeras semanas de 2026 hemos visto pasar con la mirada atónita y el corazón sangrando de pena, aquí, junto al tranquilo pueblo de Adamuz, una de las peores pesadillas que hubiéramos podido imaginar, el terrible accidente de trenes, con 45 muertos y un reguero de heridos de cuerpo y ánimo que costará mucho sanar. También será complicado conocer las causas exactas de la catástrofe, algo imprescindible aunque solo sea para intentar que no se repita nada parecido, como será difícil que los políticos, ya soliviantados y haciendo de las suyas tras una brevísima tregua, dejen actuar a los técnicos sin interferencias interesadas que añaden más dolor al dolor de las víctimas y sus familiares.
A la tragedia de Adamuz y sus daños colaterales -la suspensión sine die del servicio de la alta velocidad entre Andalucía y Madrid-, siguió con horas de diferencia en Barcelona un nuevo siniestro ferroviario que se tradujo en otra vida segada. Un desastre en sí mismo del que se hubiera hablado y escrito con profusión si no fuera porque todo es relativo, hasta el infortunio. Ha dejado como efecto secundario el lío de la paralización de rodalíes, esa palabra rara con que llaman, ahora lo hemos sabido, a los cercanías, al menos en Cataluña. Y está anunciada para febrero una huelga convocada por maquinistas y sindicatos para exigir mayores medidas de seguridad en el sector del ferrocarril. Porque la desconfianza generada es lo peor de todo, aparte de la muerte, lo único que no tiene solución.
Cuando se apaguen los ecos del espantoso drama asociado ya para siempre a Adamuz -junto a la enorme generosidad de un pueblo volcado aquella fatídica madrugada y después en paliar la desdicha-, así que pase el tiempo y se haga más soportable el sufrimiento de los afectados y los demás nos centremos en el siguiente vuelco del destino, tardará en borrarse la desconfianza generada en el ciudadano ante un medio de transporte que creía fiable, a pesar de sus averías y contingencias frecuentes. Hoy, salvo los empleados -y después de la huelga, si al final se produce, habrá quienes los pongan verdes-, no queda apenas un aspecto del tren sin cuestionarse. Ya no hablamos de retrasos sino de un asunto muy serio, el estado de las vías, su reposición, roturas y empalmes, y así no hay quien viaje tranquilo. De modo que todos los esfuerzos que hagan el Ministerio, Adif, Renfe y cuantos tengan en su poder -y en sus arcas- restablecer la confianza del usuario en un medio de transporte tan imprescindible serán pocos. Y déjense las disputas partidistas para temas que hieran menos la sensibilidad de los españoles.
Pero, hablando de este recién iniciado 2026 que vivimos peligrosamente, no hay que olvidar en el recuento las borrascas concatenadas. A fuerza de vernos azotados con fenómenos meteorológicos desbocados en cadena, van faltando nombres que ponerles y temores que no se adueñen de nosotros -siempre de fondo el recuerdo de la dana de Valencia, otra inmensa desgracia- ante los desvíos de una naturaleza presa del cambio climático y otras amenazas a las que la humanidad no es ajena. Aun así, en cuestión de miedos habrá que dosificarse porque, toquemos madera, faltan algunos por llegar. De momento se comienza a hablar de la última alerta de la Organización Mundial de la Salud, el brote del virus Nipah, un patógeno «de alta letalidad, sin vacuna ni tratamiento», dicen, que ha puesto en alerta a la India y con ella al resto del planeta. No, no hemos empezado con buen pie el año. A ver cómo lo acabamos.
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