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Opinión | Caligrafía

Bibliomancia

Estábamos viendo -y aprendiendo, el señor es muy bueno- un vídeo de Nacho Ares sobre las pirámides. Se había grabado en su biblioteca y aparecían tras él unas baldas perfectamente ordenadas. Hilé un comentario apreciativo y maledicente, uno es como es, insinuando que esa perfección en el orden de los libros seguramente se diera también en psicópatas peligrosos. Cris es una entusiasta de Ares y del orden y no me dejó pasar la gracia. No quiero citar porque no me acuerdo bien. La esencia era que las bibliotecas a ella le gustaban así. Yo creo que en un matrimonio hay una regla no escrita que dicta que siempre hay que decirle al otro que su biblioteca es la más bonita, abundante y seleccionada. Si es obviamente mentira, porque la frase se diga en la biblioteca del Château de Chantilly, se miente con la mayor obstinación y no pasa nada. La tuya es mejor, amor mío. Mi biblioteca ni está ordenada ni tiene un criterio sano detrás. Es un coro impío reunido en torno a los peores impulsos. No está ordenada por tamaños, colores, temas, autores, editoriales u otros parámetros mundanos. Sus argamasas son la supervivencia y la avidez. Para manejarla no hay índice ni guía: hay que ir memorizando libro por libro y sitio por sitio, cosa fácil porque un libro leído emite una fina frecuencia hacia sus lectores, que pueden detectar su presencia en cualquier lugar. A estas facultades de adivinación y rastreo de los libros voy a llamarlas bibliomancia, que es otra cosa. Esa bibliomancia sirve para encontrar libros entre caparazones de tortuga, para localizarlos en librerías y para detectarlos en la gente: qué libro han leído, y qué libro no.

*Abogado

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