Opinión | Cosas
Alejandría
«Cuando emprendas tu viaje a Ítaca/pide que el viaje sea largo, /lleno de aventuras, lleno de experiencias». Estos son los tres primeros versos del archiconocido poema de Konstantin Kavafis; el santo y seña de cualquier viajero, y más en un año en el que gracias a Cristopher Nolan la ‘Odisea’ vuelve a tamizar nuestras vivencias. Kavafis nació, vivió y murió en Alejandría, en el barrio griego de esa ciudad mitológica donde se amansan los aluviones del Nilo y las dahabiyas despliegan en su velamen los ecos de una civilización milenaria. Quien se acerque a Alejandría sin el antídoto decadente de Kavafis se llevará una tremenda desilusión: nada de los clichés de los juncos de papiro, de salas hipóstilas y los vestidos vaporosos de la Cleopatra de Terenci Moix. Solo la nueva Biblioteca es un luminoso botón en ese malecón de edificios derruidos y de tan precaria estabilidad que un sismo de escasa intensidad parecía propiciar el derrumbe de las viviendas como fichas de dominó. Pero tan pernicioso resulta anclarse en una estampa de cartón piedra como recrearse en una estética ruinosa. Kavafis vivió en ese bullicio de carcomidos esplendores; y Lawrence Durrell encumbró en su Cuarteto de Alejandría a la ciudad como principal protagonista de su tetralogía; fachadas acicaladas donde aún se guardaba culto a la pulcritud de las metrópolis europeas, y serpenteaba el erotismo de relaciones transgresoras propiciadas por ese interregno que fue el periodo de entreguerras.
Siempre estamos tentados de excusarnos en Alejandría. La red ferroviaria, sin ir más lejos. Vivimos unos días de dolor y ensimismamiento; de asomarnos peligrosamente a la nostalgia de aquel Gobierno socialista que aplicaba la equidad al decretar como primer trayecto del AVE la línea Madrid-Sevilla, para demostrar que la prelación de las catenarias eran amores en el equilibrio territorial. La alta velocidad se convirtió en el patrón oro de nuestra confianza. Ahora no nos vale ampararnos en plañideras y casandras. Tampoco podemos eludir el fatalismo, ese macabro conchaveo con el azar para elegir el lugar y la hora del victimario. Pero sin renunciar a nuestra impotencia y a refugios espirituales, aquí es donde entra la insolencia del hombre; la que requiere racionalidades y porqués, y exige trazabilidad y responsabilidades. Un accidente ferroviario no es fruto de un realismo mágico. Como en la mayoría de los siniestros, existe una multicausalidad, una serie de factores cuyo peso específico habrá que dilucidar y de las que hay que extirpar tanto la carroña del rédito político como los cortafuegos ascendentes para eludir señalamientos e imputaciones.
Cada bando sacará ahora su artillería estadística, pero existen hechos que ponen en desventaja la situación gubernamental: la reiterada falta de presupuestos generales no ayuda a implementar políticas preventivas; mientras que el estrangulamiento de las comunicaciones con Andalucía, aparte de la ruindad especulativa de otros medios de transporte, inflama más que otros indicadores el hartazgo de la ciudadanía. Esta degradación del orgullo ferroviario puede derivar hacia una situación como la sucedida en Grecia hace 3 años, donde un choque de trenes se llevó la vida de 57 personas, propiciando las movilizaciones un adelanto electoral.
Nos queda honrar a las víctimas y enorgullecerse del pueblo que puso nombre a la tragedia. Nos queda aprender de los errores y exigir a todas las partes implicadas la recuperación de un medio de transporte hasta hace poco placentero. Esto no es Alejandría.
*Graduado en Ciencias Ambientales y escritor
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