Opinión | Escenario
Boro
Aunque esta columna se publica el lunes, la escribo varios días antes. Como la vida -el planeta- no se detiene, en ese intervalo ocurren hechos previsibles, pero los imprevisibles, a veces, dejan fuera de lugar cualquier comentario que no tenga que ver con ellos. Esto ocurrió el lunes pasado: cuando todos los noticiarios abrían con el catastrófico choque de trenes en Adamuz, en mi artículo imaginaba sugerentes cambios de imagen para el jamón. Probablemente vuelva a ocurrir lo mismo con éste; cuando ustedes lo lean, vete a saber por dónde habrá discurrido la historia, pero de momento el balance no puede ser más trágico. Evito poner por escrito las cifras que todos conocemos; los que en algún momento de nuestra vida hemos experimentado el dolor por la muerte en accidente de un familiar muy cercano, sabemos del estupor, la incredulidad, la incomprensión y la profunda desolación.
En medio del enorme operativo de rescate de los cuerpos de los fallecidos, atención a los supervivientes y búsqueda de los desaparecidos, aparece el nombre de Boro, curioso nombre de elemento químico para un perro, mezcla de schnauzer y perro de aguas, que viajaba junto a su familia en uno de los trenes y durante la operación de salvamento huyó aterrado. A la preocupación de Ana, su dueña, por la gravedad de su hermana embarazada, se unió la de la desaparición de Boro. Ana suplicó ayuda para encontrarlo y la búsqueda culminó felizmente. A algunos podrá parecerle una frivolidad dar importancia a un perro en comparación con la pérdidas humanas, pero los perros llenan y hasta sustituyen las necesidades afectivas de muchas personas. Todos sabemos de su entrega y su valentía. Lo raro en este caso es esa huída, porque los perros ponen sumo cuidado en no perder de vista a sus amos. De hecho, los perros abandonados no piensan ni por un momento en el mal comportamiento de sus amos, sino que se sienten culpables por no haber estado atentos y haberlos perdido.
Boro huyó del horror, de los hierros retorcidos, del caos, de la oscuridad, del frío, de los gritos de dolor, de las voces agonizantes y puede ser que, en algún momento, hasta del opresivo silencio. Quizá Boro, en su irracionalidad, hizo lo que cualquiera de nosotros habría deseado hacer ante la visión de tanta desgracia, si no se nos impusiera el sentido común y el impulso de ayudar a los más desafortunados cuando se ve alterado el orden natural -lo esperado- de las cosas. Boro ya está con su familia, un leve consuelo en medio de tanto infortunio y tantas lágrimas. Y otro nombre: Adamuz, que merece todas las medallas de oro que se le puedan dar.
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