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Opinión | A pie de tierra

Tiempo de duelo

Hubo un día en el que los trenes de alta velocidad funcionaban en España como un buen reloj suizo, hasta el punto de que representaban una de esas cosas que todos dábamos por sólidas: eran puntuales, seguros y no vibraban ni se balanceaban, por lo que permitían trabajar con comodidad en ellos, leer, dormir, o simplemente relajarse. En estos últimos años, sin embargo, todo ha cambiado. La liberalización de los servicios, el aumento de la oferta y la frecuencia de los trenes, la consecuente sobrecarga, el insuficiente mantenimiento de coches y vías, los sabotajes, la inmensa corrupción que nos aqueja, la falta de cualificación de muchos de nuestros gestores públicos, puestos al frente de asuntos vitales por su militancia política y no por sus conocimientos o sus capacidades de gestión…, han provocado un deterioro general de la red ferroviaria que no escapa a nadie.

Son temas que, de tan sabidos y recurrentes, los hemos normalizado, sin pararnos a pensar que poco a poco van socavando el sistema hasta que un día aciago eclosionan, dejando al descubierto nuestra vulnerabilidad de la forma más dramática que habría cabido imaginar. Ahora es tiempo de duelo, de empatía, cercanía y solidaridad con las víctimas y sus familiares, pero con independencia de la que haya sido causa específica del siniestro, y del papel que en ello haya jugado la fatalidad, es lícito exigir que la investigación llegue al fondo del asunto y, si procede, se depuren todas las responsabilidades, caiga quien tenga que caer. Un solo muerto habría sido ya una barbaridad, pero medio centenar es un horror inadmisible. ¿Cómo no ponerse en el lugar de los viajeros? Les tocó a ellos, pero pudo tocarnos a cualquiera; porque, ¿quién no ha viajado en estos trenes, una o mil veces?

Como en toda historia, seguro que ha habido villanos, pero yo prefiero quedarme de momento con el ejemplo de grandeza, generosidad y calidad humana que ha dado el pueblo de Adamuz. Hay quien insiste en que los ciudadanos deberíamos ser formados en temas de prevención y respuesta ante las grandes catástrofes, pero los ejemplos más recientes ocurridos en España, como sucedió con la dana de Valencia y los voluntarios, o hemos visto ahora en esta localidad de la sierra de Córdoba, han demostrado que, cuando de verdad hace falta, la gente no necesita que nadie la guíe: espontáneamente se organiza, tira de arrojo y nobleza de carácter, abre sus casas y sus corazones a quienes necesiten habitar en ellos y demuestra a propios y extraños que aún quedan personas de bien. Si alguien necesita de lecciones es nuestra clase política, para que aprendan a unir y no separar, a tender puentes en lugar de alzar muros, a demostrar altura de miras en lugar de derrochar tanta miseria moral.

No sé muy bien cómo funciona el tema de las postulaciones, pero confío en que a lo largo de este año alguien se acuerde de proponer a los habitantes de Adamuz para los premios Príncipe de Asturias o para cualquier otro que exalte la concordia, la convivencia, el altruismo, la valentía, la decencia y la honorabilidad. Podrá haber quien lo merezca tanto como ellos, pero no más. No nos olvidemos, además, de las víctimas: las que perdieron la vida y las que habrán de aprender a vivir de nuevo. Y, por favor, que los responsables de la cosa pública no echen en saco roto las quejas y avisos de maquinistas y pasajeros y adopten las medidas necesarias para que algo así no pueda volver a ocurrir jamás. Hemos luchado mucho para llegar adonde estamos. No permitamos que también en esto nos obliguen a dar pasos atrás.

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