Opinión | El lápiz de la luna
Batiburrillo
En este artículo pensaba hablar de Julio Iglesias, de las denuncias por abusos sexuales y de que aún haya gente que dude de que las mujeres estén diciendo la verdad. Pero me aburrí en el tercer párrafo en el que daba una serie de argumentos en los que Iglesias se había comportado más que como un señor como un truhan en múltiples entrevistas televisivas. Así que lo borré todo y me dispuse a explicar desde la psicología, es decir, desde la ciencia por qué las víctimas de violencia no logran escapar de las situaciones en las que abusan de ellas, sin que suponga que lo acepten, aunque la gente crea lo contrario. Es una cuestión de supervivencia.
Nuestro sistema nervioso no siempre reacciona igual ante un peligro. No en todas las ocasiones se ponen en marcha los mecanismos de lucha o huida, sino que también pueden darse la congelación, la parálisis, el colapso o la sumisión. Aquí quien calla no otorga. Las víctimas no están dando su consentimiento, es que no saben cómo escapar. Sin embargo, parece que nos negamos a entender que alguien se pueda quedar inmóvil, casi muerto (muerto de miedo), ante un abuso. De manera que volví a borrarlo todo y decidí explicar los motivos por los cuales muchas veces no se denuncia inmediatamente después de la agresión, sino que hay quienes tardan años (y quienes no lo hacen nunca) por vergüenza, por culpa, por miedo a no ser creídas (que es lo más común) o, sencillamente, porque no han procesado el trauma para poder hablar de él. Pero ocurrió que empecé a escuchar conversaciones en las que los «Si no lo dijo hace veinte años para qué lo dice ahora» o «Es una denuncia falsa» o… Así que me dije a mí misma: «Mí misma, déjalo y habla de otra cosa». En ese instante recordé que el otro día coincidí con una amiga a la que no veía desde hace más de diez años (creo que quizá debería pasar a la categoría de «conocida») y me soltó así, tras el hola y los dos besos: «Chacha, ¿aún no te has hecho nada?». Y con lo de «hecho nada», para ponerles en contexto, se refería a que no me había pinchado la cara. Un poquito de ácido en los labios o bótox en la frente o subirme los cachetes (creo que quizá debería pasar a la categoría de «desconocida»), así que como comencé a amargarme mientras les contaba la vaina, porque, oye, entre que siempre he tenido complejo de fea y la autoestima regulinchi, pues me dije a mí misma: «Querida, mira para otro lado».
Y cambié de tema. Por eso ahora les cuento la conversación que tuve con una compañera del trabajo, de esas que se acaban convirtiendo en amiga, sobre la menopausia. Antes no se hablaba sobre ella, ni siquiera cuando la estabas atravesando. Las mujeres la vivían con apocamiento y una horrible carga social que las señalaba con inquina y les recordaba que habían dejado de ser jóvenes. Muchas no entendían los síntomas. Aquellos calores repentinos, la sudoración, el aumento de peso, los cambios de humor o la sequedad vaginal.
Solo percibían que se convertían en otra persona y lo hacían solas y en silencio. Pero, claro, como ahora nos hemos ido al otro polo, porque aquí todo es blanco o negro, a ver si vamos sacando la paleta de grises, criaturas, pues de los único que se habla es de la menopausia y, peor aún, de la perimenopausia que llega a los cuarenta y dura, buagh, una purriada de años, hasta la menopausia digo yo. Y, ojito, porque la perimenopausia da más miedo que la propia menopausia, por eso hay que hacer ejercicios de fuerza, combinados con aeróbicos, y comer sano y dormir ocho horas y reducir todo lo malo: cambia el café por Matcha; la leche por avena; el pan por alfalfa. Me di cuenta recién entonces de que aún me quedan tres lustros para el climaterio, pero eso quiere decir que ya estoy en la casilla de salida de alguna de sus etapas y me embajoné tanto, tanto. Porque entre que no creen a las denunciantes de un hombre que lleva toda la vida violentándolas, que no aceptan que una víctima pueda permanecer en silencio durante décadas por miles de razones, que me insinúan que tengo que pincharme la cara y que creo que soy perimenopáusica porque según los cálculos de los que saben de esto (y aquí el más tonto hace relojes), por edad me toca, pues decidí que mejor apagaba la luz y cerraba el quiosco. Un batiburrillo me quedó.
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