Opinión | El cuerpo en guerra
Segundos
La vida está compuesta de millones de segundos (con suerte). No se suele reparar en ello pero lo cierto es que todos y cada uno de ellos son cruciales. Sin el siguiente segundo, no hay nada. Si dos segundos más allá dejas de respirar, se acaba todo. También la vida cambia para bien o para mal en cuestión de segundos: suena el teléfono y el mundo se tambalea. La realidad tal y como la habías conocido hasta entonces se desvanece. Puede tratarse de buenas noticias pero en la mayor parte de los casos no es así.
Desgraciadamente, la mayor parte de las personas sólo toman conciencia de ello cuando hay una catástrofe (del tipo que sea). Como el accidente de los trenes en Adamuz, por ejemplo. En cuestión de veinte segundos, hubo un choque y uno de los trenes descarriló. Y las vidas de todas de esas personas cambiaron para siempre. Algunas ya no están, otras están hospitalizadas, muchas han salido heridas y otras salieron «indemnes». Utilizo la palabra entre comillas porque nunca se sale indemne de una catástrofe así, incluso aquellas que han llegado a decir esa expresión tan manida de «he vuelto a nacer». El trauma siempre sobreviene después.
No hablo hipotéticamente ni hago conjeturas, aunque no sea ninguna psicóloga especializada. Hablo desde la propia experiencia, que puede que sea mucho más poderosa. Lo primero es la resolución de la situación, esto es, si vives o no. Ahí cada segundo cuenta. Tu cuerpo está luchando. Sufren los demás casi más que tú, porque tú estás en plena batalla y lo demás no importa. Si vives, te invade durante un tiempo una paz espiritual reconfortante indescriptible. Después, cuando la vida se queda al desnudo y todos te dicen lo afortunada que eres por estar aquí y parece que se desvanece la estela de lo que ocurrió, aparece el trauma.
He pasado por esos estados ya tres veces, con más o menos miedo, así que me es muy fácil ponerme en la piel de aquellos que iban en los distintos vagones aquella noche. Y porque me encuentro sumida en la noche del trauma no he querido leer mucho sobre ello, no me hace falta. Vivo en el infierno de la supervivencia del después, de por qué los demás murieron y yo no, al igual que las familias de las víctimas se preguntarán lo contrario. Quiero pensar que es algo con lo que se aprende a vivir. De lo que sí he estado súper pendiente es de Boro, el perro perdido de una de las supervivientes. Yo al menos sabía que Toffee me esperaba en casa, porque ella es eso, «casa», al igual que Boro.
Esto es más o menos lo que pasa. Valoradlo más quienes, afortunados de vosotros, no os habéis enfrentado al segundo de después.
*Escritora
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