Opinión | Cielo abierto
Un dolor que destroza
Por supuesto que existe ese dolor supremo que nos mira de frente y nos destroza. Podría haber escrito que nos mira de frente y nos doblega, o que nos mira de frente y nos somete; pero no, nos destroza. Nos destroza porque nos golpea en lo más profundo del amor. Es el desgarro de tantos familiares que han llegado a Córdoba buscando conocer el desenlace de los suyos, si pueden estar vivos o dónde están sus cuerpos. Y todo envuelto en ese apocalipsis de hierros retorcidos y cenizas. Es un apocalipsis porque es un fin del mundo para quien pierde a alguien. Como el que ha vivido esa pequeña que con sólo seis años andaba aturdida entre los restos, con sus pasos pequeños, entre el humo y el miedo, sin saber que habían muerto sus padres, su hermano y su primo. La familia Zamorano ha sido señalada por una devastación que se ha llevado por delante 45 vidas, 45 familias, 45 historias brutalmente segadas. Es difícil hacerse a la idea de todo esto, a esa primera línea, al desconcierto de los sobrevivientes, a la guardia que han hecho las familias que no han querido abandonar el Centro Cívico durante toda la noche por si llegaba alguna noticia, porque la hebra de esperanza se mantiene en la guardia del cuerpo, cuando no desfallece.
Es tan difícil hacerse a la idea de todo esto que Óscar Puente parece haberse salido de Óscar Puente. No ha habido comentarios jocosos, no ha habido burlas como las que dedicó a los incendios de Castilla León en decenas de tuits este verano, porque quizá ese dolor hondo y radical ha llegado también hasta Óscar Puente. A partir de ahí, ha sido un ejercicio alucinante de prestidigitación no sólo política, sino también periodística, asistir al llamamiento de no entrar en el barro de la herida, porque no es todavía el momento de pedir responsabilidades a nadie, sino de guardar luto y duelo permanente, por parte de los mismos que, en las mismas circunstancias, han entrado a saco en el dolor ajeno. Pero a saco. Como con los muertos durante la pandemia en Madrid -ya sabemos que, en el resto de España, no murió un solo anciano en una residencia-, la dana y los incendios estivales.
En todo, absolutamente en todo, puede rastrearse una responsabilidad política. Y además debe hacerse. El problema aquí, más allá de la hipocresía de este doble rasero permanente, es que sabemos que el predecesor de Óscar Puente fue José Luis Ábalos, que se dedicó a enchufar a sus chicas en las empresas públicas. Pero el ferrocarril en España, como todos sabemos, vive su mejor momento, y dentro de poco viajaremos de pie en los vagones. Son frases de Óscar Puente. Ahora no se muestra tan provocador, sino pacífico, porque tiene delante y en las manos un dolor que destroza.
*Escritor
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