Opinión | El mar alrededor
Tomar notas en tiempos de Trump
Los cazadores de tendencias y los influencers pueden bautizar con nombres exóticos costumbres que, en realidad, llevan siglos con nosotros. O que vuelven, después de un tiempo arrinconadas, como quien rescata un abrigo del fondo del armario. Uno de esos regresos con brillo propio es el journaling: llevar un dietario personal. Un gesto sencillo -parar, recapitular, respirar- que hoy se presenta casi como una forma de resistencia en tiempos acelerados, llenos de estímulos.
Los diarios personales tienen una tradición ligada a la literatura y a figuras históricas, pero también a lo más cotidiano: niños que ordenan sus primeras ideas, adolescentes que intentan descifrar el mundo y sus crisis. Lo relativamente nuevo es el salto del diario íntimo al gran público como hábito de bienestar y, sobre todo, su conexión con el contexto que lo empuja: la digitalización y la velocidad. La información crece a un ritmo exponencial, y con ella la sensación de saturación.
No es una impresión subjetiva. El Digital News Report 2024 del Reuters Institute recogía un dato elocuente: el porcentaje de personas que dicen sentirse «quemadas por la agenda informativa» pasó del 26% en 2019 al 44% en 2024. La sobrecarga, alimentada por los conflictos, resulta agotadora, y las encuestas lo reflejan.
En este clima, la agenda internacional se ha convertido en un altavoz permanente. La espiral de amenazas, anuncios y contrarreacciones -esa trumpificación del debate público- se expande como un eco. Y no llega sola: viaja montada en redes sociales y un flujo constante que compite por nuestra atención. La fatiga informativa no solo cansa, también fragmenta el pensamiento.
Lo vimos ya durante la pandemia. La ansiedad por saber más sobre el coronavirus acabó, para muchos, en un boomerang de la hiperconexión a la desconexión defensiva. El riesgo lleva a saturarse tanto que uno termina sin estar al corriente de nada, o eligiendo no mirar.
Nunca antes pudimos hacer tantas cosas a la vez y desde tantos lugares, al alcance de un botón. Pero esa abundancia tiene un precio: el ruido constante dificulta el pensamiento claro. Solo cuando baja el volumen del mundo aparece lo que de verdad pensamos.
Entre la vida pegada a la pantalla y la fantasía de hacerse ermitaño, el dietario personal ofrece un camino intermedio, un lugar donde anotar ideas, preguntas, datos que queremos comprobar, lecturas pendientes. Un cuaderno para pensar, no para acumular.
Si el diario tradicional mira hacia dentro, este knowledge journaling también mira hacia fuera, pero con un filtro: el humano. Puede ser analógico o digital, siempre que los tiempos los marque uno y no la máquina. Lo importante es la intención, esto es, seleccionar, ordenar y contrastar.
Tomar notas a mano no es guardar información. Es procesarla, evaluarla y decidir qué hacemos con ella. Entender mejor la sociedad en la que vivimos, con fuentes de confianza, se ha vuelto una necesidad básica para no perder el compás en un tiempo volátil, donde lo urgente amenaza con devorar lo importante.
*Subdirectora de El Periódico
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