Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tormenta de verano

Los ángeles de Adamuz

Adamuz es reconocida por la calidad de sus aceites, por la Iglesia de San Andrés, la Torre del Reloj, la Cueva del Cañaveralejo del Paleolítico, el Centro del Olivar, el Pozo de Santiago y los miradores de Sierra Morena para disfrutar de paisajes y astroturismo como destino starlight. También por el abrevadero medieval y sus casas señoriales que te sumergen en su historia, pero este fatídico 18 de enero saltó a las páginas del mundo global por la tragedia que la ubicó en el mapa, protagonista involuntario del mayor accidente ferroviario desde la llegada del tren a Córdoba en 1859, que nos ha sacudido con el horror de su reguero de víctimas mortales. Nadie pensaba que la alta velocidad, símbolo de prosperidad, confort, rapidez y seguridad, 72 años después, iba a actualizar nuestro listado de siniestros ferroviarios.

Hemos sentido muy cerca la sacudida de esta tragedia. No sólo por la corta distancia, sino porque todos los que utilizamos el tren, junto a nuestros familiares y amigos, sin saberlo estábamos dentro de este siniestro bombo de la mala suerte, que te pone por delante la fragilidad y la fugacidad de la vida. La incomprensión ante el infortunio de dos trenes que se cruzan, de la rotura al paso del convoy, del talud y la noche. La desdicha de quienes fueron a tomar algo a la cafetería antes del impacto y nunca volvieron, de quienes viajaban unos metros más adelante y no pudieron salvarse. La tragedia deja el silencio y el vacío de las preguntas sin respuesta, de los sueños rotos. Las historias de vidas truncadas, de los opositores que no tuvieron recompensa ni nunca verán sus notas, de la familia onubense Zamorano Álvarez, que pasó del regalo navideño para ver el musical del Rey León a su último fin de semana en Madrid; de Samuel, el policía nacional al que esperaba la cuna de su bebé; de Mari Carmen, la maestra ejemplar de Bujalance que iba a Madrid; de Natividad, la abuela que viajaba con sus nietos; de Jesús, el joven cardiólogo malagueño; de Pablo, el maquinista de 28 años de Alcorcón; de Mario, que celebraba su cumpleaños, o del matrimonio de periodistas y tantos otros. Ellos eran de los nuestros, gente corriente con sus afanes, sus luchas y sus ilusiones. Todos nosotros somos cada uno ellos. La catástrofe deja desolación y dolor a su paso, la mirada perdida y el vacío que nos hace revivir aún a golpe de desgracia, que nada de lo humano nos resulta ajeno. Y nos recuerda el regalo de vivir y disfrutar de lo inmediato porque la vida pende de un instante y un hilo que no vemos.

Pero entre el luto y el silencio, el dolor y el vacío, y la exigencia de un análisis serio sobre las causas de este accidente y sus responsables, también se abre paso la solidaridad de todo un pueblo como ejemplo y esperanza de toda una sociedad, que tenemos que saber mirar. Gonzalo, el cuponero, con su quad llevando auxilios y portando heridos; Julio, el joven pescador y su madre Elisa salvando a damnificados; el párroco Rafael Prados movilizando todos los recursos de cáritas; Enrique, el farmacéutico de guardia dispensando medicamentos; el alcalde Rafael Moreno trasladando personas en su vehículo. Antonio, que regenta el hogar del jubilado, sirviendo gratis de madrugada café y bebidas a todos los afectados; Francisco Jiménez, el abogado, y María, la vecina, que acogían y organizaban la atención. Todos ellos y muchos más, profesionales y voluntarios, un pueblo entero, son los ángeles de Adamuz, los habitantes de un lugar en Córdoba que merecen por su humanidad, entrega y servicio solidario la Medalla de Oro de Andalucía y todo nuestro reconocimiento. Aunque como dijera nuestro paisano Séneca, la recompensa de una buena acción es haberla hecho. Ellos son lo mejor de nosotros.

*Abogado y mediador

Tracking Pixel Contents