Opinión
Adamuz, el lugar que recordó el alma de España
En el pueblo cordobés, la sanidad pública demostró que la diferencia entre el caos y la esperanza se juega en preparación, coordinación y triaje.
A las 19:44:51 del domingo 18 de enero de 2026, la Agencia de Emergencias de Andalucía (EMA 112) recibe la primera de múltiples llamadas en la que se informaba del vuelco de un tren en la línea férrea Córdoba-Madrid, en término municipal de Adamuz (Córdoba). El lugar era un pueblo de apenas 4.000 habitantes, desconocido para muchos ciudadanos españoles hasta el momento.
Desde ese segundo exacto, el tiempo dejó de medirse en minutos y pasó a contarse en decisiones. En una carretera imposible, en un terraplén de difícil acceso, en mitad del campo, empezó a desplegarse algo más que un operativo de emergencias. Empezó a desplegarse una forma de entender lo público, lo humano y lo colectivo que durante cinco días recordó a España quién puede llegar a ser cuando deja de mirarse el ombligo.
Lo ocurrido en Adamuz fue una tragedia, pero también una lección. Una lección construida sobre profesionales que sabían exactamente qué hacer cuando todo parecía desbordarse. Y también sobre una administración que había hecho los deberes mucho antes de que sonara el teléfono del 112.
El presidente de la Junta de Andalucía lo resumió con una claridad poco habitual en tiempos de consignas: la importancia de tener “unos servicios de emergencia bien preparados, bien coordinados, bien engrasados”. No como una frase hecha, sino como una realidad que se tradujo en hechos. Diecinueve UVIs móviles, dieciséis ambulancias adicionales, vehículos de apoyo logístico, un puesto médico avanzado, hospitales prealertados y un sistema de triaje que funcionó incluso en el caos.
En poco más de cuarenta minutos llegaron treinta y nueve ambulancias. Una por minuto. En una zona de acceso complicado. En plena noche. Mientras algunos todavía dudaban de qué estaba pasando, los profesionales sanitarios ya estaban marcando manos, estabilizando cuerpos, tomando decisiones que separan la vida de la muerte. “Hay que tener la cabeza muy amueblada”, se dijo desde el propio operativo, porque había cadáveres, porque había heridos graves, porque no había margen para el error.
Esa preparación previa, esa inversión sostenida, esa formación constante de los equipos del 061 fue lo que permitió que, pese a la magnitud de la tragedia, no se registrara ningún fallecimiento desde el mismo día del accidente. Altas hospitalarias diarias. Pacientes que volvían a casa. Un sistema sanitario público respondiendo como debe responder cuando se le necesita.
Y también hubo emoción. Porque detrás de los cargos hay personas. Juanma Moreno no ocultó que le afectaba, que había recuerdos y momentos difíciles, que todos tendrían que hacer “un repaso mental de la situación vista, vivida y observada”. No era impostura. Era cansancio. Era humanidad.
Pero Adamuz no fue solo un ejemplo institucional. Fue, sobre todo, un ejemplo ciudadano.
Mientras los equipos sanitarios trabajaban sin descanso, vecinos del pueblo hicieron lo que siempre se ha hecho en los lugares pequeños cuando ocurre algo grande: salir a ayudar sin preguntar a quién. Julio, Gonzalo y otros tantos nombres que no estaban en ningún protocolo, pero sí en el lugar exacto donde hacían falta. Personas que cargaron heridos, que guiaron a los sanitarios, que se jugaron el tipo sin pensar en otra cosa que en sacar a alguien de allí.
Julio, con las manos manchadas de barro y de miedo, fue uno de esos hombres que aparecen los primeros cuando todo se rompe y que son los últimos en irse. Junto a su amigo José, se convirtieron en los portadores de las buenas nuevas, llamando a cualquier humano viviente que pudiera reclamar al ya rescatado tripulante. Gonzalo, firme y sereno, estuvo donde había que estar, sin cámaras y sin épica impostada, cogió su quad para jugarse el físico y montar en él hasta siete heridos para llevárselos a su hogar. Héroes cotidianos, de esos que nunca se llaman así a sí mismos.
También hubo silencio. El silencio de las víctimas. De los nombres que ya no volverán a responder a una llamada. De las familias rotas para siempre. Entre ellas, la familia Zamorano. Y una niña. La única superviviente. La que salió de allí cuando nadie entiende cómo.
Marta García-Escribano puso palabras a algo que muchos sintieron y no supieron explicar. Contó cómo, abrazando a su hija enferma de madrugada, pensó en esa niña que ya no tendría a su madre. Cómo, sin saber por qué, empezó a imaginar una imagen que le dio paz. Una Virgen del Sol. Una estrella en el cielo. La idea de que aquella niña no estaba sola. De que alguna luz tuvo que guiarla hasta encontrar a ese guardia civil. De que la fe, o lo que cada uno quiera llamar así, también sostiene cuando todo falla.
“Al final le ponemos como imagen o dibujo lo que las personas a lo mejor entienden, pero no son capaces de expresar”. Adamuz fue eso durante cinco días. La imagen de una España que entiende, aunque no siempre sepa explicarse.
Cuando Carmelo se reencontró con Julio en televisión y le dio las gracias, no buscó una frase brillante. Dijo simplemente: “Tú eres el ángel de mi familia”.
Y quizá por eso Adamuz dejó de ser un punto perdido en el mapa para convertirse, durante cinco días, en el lugar donde España recordó que todavía tiene alma.
*Periodista
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