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Opinión | PASO A PASO

Caridad civil

Han pasado unos días desde el accidente de Adamuz, y ya no mandan las sirenas ni el titular en mayúsculas: manda ese silencio espeso que queda cuando la actualidad se va a otra parte y el dolor, en cambio, se queda. En esa intemperie -que es la verdadera hora de la tragedia- uno descubre algo incómodo para el cinismo: que, cuando el mundo se rompe, todavía aparece gente que no pregunta, no calcula, no aprovecha; simplemente acude.

Nos han acostumbrado a creer que la sociedad es una suma de egoísmos con tarifa, que todo se resuelve con un formulario y que la caridad es una reliquia sentimental. Y, sin embargo, en Adamuz asomó lo contrario: un polideportivo convertido en refugio, termos de café pasando de mano en mano, mantas que llegan como si fueran una forma de abrazo, móviles prestados para avisar a quien espera al otro lado. Vecinos que abren una puerta -y al abrirla se abren por dentro-, y que ayudan sin preguntar de dónde vienes ni a quién votas.

Y están, claro, los profesionales: sanitarios, bomberos, fuerzas de seguridad, ferroviarios, psicólogos, voluntarios. Gente que trabaja con el barro hasta las rodillas y con la compasión en los dedos. En su oficio hay algo que ya no se enseña en las pantallas: la dignidad de lo inmediato. No «gestionar» una desgracia, sino sostener a una persona. No «controlar» un caos, sino poner orden en el temblor de otro. Cuando uno los ve, entiende que la técnica es necesaria; pero que lo decisivo, en el borde del abismo, es el músculo moral.

A quienes, desde el sofá, exigen culpables en caliente, les convendría mirar esa lección: antes que el dedo, la mano; antes que el eslogan, el vendaje; antes que la sentencia, el pudor. La justicia llegará -llegar- con método; la compasión, si es verdadera, llega andando.

Quizá lo más triste sea que nos parezca extraordinario. Como si ayudar fuese una noticia y no una costumbre. Hemos afinado tanto la inteligencia para opinar que se nos ha embotado la humanidad para asistir. Por eso conviene repetirlo sin vergüenza: el heroísmo verdadero no lleva rótulo; suele llevar chaleco reflectante, o botas manchadas, o un jersey viejo de vecino que no quiso mirar para otro lado. Y suele hablar poco, porque sabe que el dolor no se alivia con frases bonitas, sino con presencia.

No sé qué dirá la investigación, ni cuánto tardará la verdad técnica en llegar con su vocabulario de protocolos. Pero sí sé lo que ya ha dicho Adamuz: que la comunidad no es una consigna, sino un acto; que la patria -si merece el nombre- es esa red de misericordias pequeñas que, en la noche, impiden que la desesperación tenga la última palabra.

Ojalá no olvidemos esta lección cuando vuelvan los horarios, los enfados y las prisas. Ojalá la caridad civil no sea un paréntesis, sino un hábito: el modo decente de vivir juntos. Y que Adamuz quede en la conciencia, no en el olvido. Que nos dure cuando pase el ruido.

*Mediador y escritor

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