Opinión | Entre líneas
Ser de Adamuz
Andaba el domingo acharado, como se dice en Andalucía, tras las noticias que me llegaban el fin de semana de un mundo que parece irse a la mierda, con el comunismo chino como el gran defensor del capitalismo más salvaje y atroz, Rusia actuando de promotor del nazismo, dentro de sus fronteras y en el resto de Europa, y EEUU cargándose su propia democracia y la de los demás. Tanto «OTAN no, bases fuera» y al final el tratado de la NATO se lo va a cepillar Trump. Y una Europa, último reducto de valores sociales en este planeta, que estorba, que ha perdido el norte y va a perder más norte aún, allá por donde los osos polares se dan la vuelta.
Paul Watzalawick en ‘El arte de amargarse la vida’, un librito cínico e irónico sobre lo mal que nos tratamos a nosotros mismos, decía que para estructurar perfectamente este automaltrato el ser humano se ha dotado de un mecanismo aterrador e infalible: el Estado. Lo que uno no consigue por sí mismo para ser infeliz lo hace sistemáticamente la Administración.
Pues bien, como digo, estaba en estas reflexiones y vino a poner en ese domingo triste las cosas en su sitio un problema de los de verdad, una tragedia cercana que no tiene análisis que valga, un drama de gente que muere, de personas que necesitan ayuda... de personas que se la dan. Dolor auténtico y al lado de uno mismo. Momentos donde no hay geopolítica que valga, sino seres como tú, almas con nombre y apellidos y rostros heridos que necesitan que se le eche una mano. También sé de otros que se quitaron del medio, pero esos no cuentan. Esos nunca cuentan.
Dicen que en este mundo «o eres parte de la solución, o eres parte del problema».
Y percibí con claridad cuando veía en televisión a los vecinos de Adamuz y a tantos profesionales de distintos equipos arrimar el hombro que no todo está perdido, que incluso en la mayor tragedia hay esperanza en los valores humanos, en la solidaridad, y que este nuevo mundo sigue dividido en dos, aunque ya los bloques sean distintos: están los de Adamuz (nativos o adoptivos de corazón) y están los que buscan el conflicto y el dolor.
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