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Opinión | Cosas

Más allá

Cuando contemplas los bajorrelieves del templo egipcio de Edfu, es la rabia la que refrena la almibarada amargura del mal de Stendhal. Están dañados buena parte de esos frisos que alinean la cosmogonía de lo dioses de Egipto; picados por la mano rencorosa del hombre que, casi siempre, agazapa su venganza en la voluntad de otro dios.

En este caso, es el cristianismo el que quiso prescindir de esas figuras de la civilización nilótica, para que el Dios del decálogo no se distrajese con esa preciosista mitología.

No es ajena esa ingratitud en otros imperios de la antigüedad: Roma oficializó la ‘damnatio memoriae’ para castigar a los caídos en desgracia e intentar privarnos del desagravio de la trascendencia.

Y ahora que el maniqueísmo ha prescindido de la seguridad de las rotundidades, y hasta resulta naif ampararse en el blanco y negro, hemos recapacitado para entender que la bipolaridad del ser humano se forja en el olvido y la memoria.

Los recuerdos son los eslabones de la personalidad y por eso resultan tan crueles esas enfermedades que anticipan el deterioro de nuestras murallas cognitivas, para desconocer que somos lo que fuimos. En el lado contrario está la suplantación, esos avatares en algunos casos consentidos y otros salvajemente despóticos dispuestos a robarnos el alma.

El Gobierno quiere regular esa cadena exponencial, las rendijas de la inteligencia artificial por donde se carcome nuestra privacidad.

Según este borrador normativo, va a resultar más difícil resucitar a Lola Flores para que pregone las excelencias de una marca de cerveza. O ese encantamiento de animar viejas fotografías en las que amigas nonagenarias recuperan la jovialidad de la lozanía. Puede aflorar con esta normativa una nueva página del testamento vital: el derecho a regular nuestros avatares para que no desvirtúan nuestra memoria sin nuestro consentimiento.

La decisión es complicada porque únicamente desaparecemos cuando el olvido sella definitivamente su puerta. La tentación es grande porque gran parte de la ciudadanía querría perpetuarse con el engañoso ofrecimiento de una versión mejorada. Y aunque este proyecto de ley pudiera parecer tan pretencioso como ponerle puertas al campo, es acertado regular las condiciones en las que entregar el alma a este diablo virtual.

Tan lícito es buscar las reencarnaciones en el universo digital, como perseguir la pulcra erosión del anonimato y evanescerse en el silencio.

El proyecto de ley deja fuera a los representantes políticos, siempre y cuando esas chanzas de la inteligencia artificial encajen como instrumentos de la crítica política y quede manifiesta su creación con IA. Es muy probable que la mayoría de ellos esté a gusto con esa cláusula, pues en ese código no escrito más vale el escarnio que la indiferencia.

*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor

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