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Opinión | Tribuna abierta

Editar ciencia en tiempos de urgencia

Con la llegada de un nuevo año solemos hacer balance. Para mí, una de las etapas que ahora se cierra es mi trabajo como editora científica de la revista Aerobiologia, una experiencia clave en mi trayectoria profesional que concluye con la satisfacción del camino recorrido y con algunas preguntas aún abiertas.

Aerobiologia es una revista científica internacional dedicada al estudio de los componentes biológicos presentes en la atmósfera (microbios, polen, esporas y otros bioaerosoles) y de sus interacciones con otros sistemas de la Tierra: la biosfera, los suelos, el agua o el hielo. Se trata de un campo marcadamente interdisciplinar, situado en la intersección entre la biología, la climatología, la ecología y la salud ambiental, lo que siempre lo hizo especialmente estimulante para mí.

La revista nació en 1985, impulsada por la Asociación Italiana de Aerobiología, cuando esta disciplina comenzaba a consolidarse. Inicialmente se publicaba desde Bolonia bajo el sello de una editorial italiana y, con el tiempo, se integró en grandes grupos editoriales internacionales hasta formar parte hoy de Springer Nature como revista indexada en el Journal Citation Report. Su trayectoria editorial refleja, a pequeña escala, la propia evolución del sistema de comunicación científica.

Mi relación con la revista comenzó en 2005, tras una visita al Instituto de Ciencias Atmosféricas y del Clima de Italia, en Bolonia. Fue allí donde Paolo Mandrioli, hoy jubilado, me abrió las puertas de este mundo y me ofreció incorporarme primero como coeditora y, más tarde, como editora científica.

Aún recuerdo con claridad aquel despacho abarrotado de papeles. No es una imagen metafórica: los manuscritos llegaban por correo postal, se fotocopiaban, se archivaban y se enviaban de nuevo por correo a los revisores. El proceso de revisión por pares, esencial para garantizar la calidad científica, podía prolongarse durante meses, a veces más de un año. Era un sistema lento, sin duda, pero también favorecía una lectura atenta y reflexiva, menos sometida a la presión del calendario.

La llegada del correo electrónico y, posteriormente, de las plataformas digitales transformó radicalmente este proceso. Hoy, algunos artículos se publican a una velocidad vertiginosa. Tan rápida que, en ocasiones, tensiona tanto a los revisores, investigadores que realizan esta labor de forma altruista y a menudo poco reconocida, como a los autores, obligados a responder en plazos cada vez más ajustados. Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿publicar más rápido equivale realmente a publicar mejor?

La transición de la edición impresa a la digital supuso una auténtica revolución en la comunicación científica. Redujo costes, amplió la difusión del conocimiento y favoreció el acceso abierto, una propuesta tan necesaria como ética: que los resultados de investigaciones financiadas, en muchos casos, con fondos públicos estén disponibles para toda la sociedad.

Sin embargo, este cambio transformó también el modelo económico tradicional. Muchas editoriales pasaron de cobrar al lector a cobrar al autor, del «pagar por leer» al «pagar por publicar». Un giro que plantea interrogantes relevantes: ¿quién puede permitirse hoy publicar en determinadas revistas?, ¿qué ocurre con los investigadores de instituciones con menos recursos?, ¿hasta qué punto este modelo condiciona la producción científica?

En este contexto han surgido editoriales jóvenes, nacidas en el entorno digital, con procesos de publicación ágiles y de gran visibilidad. Algunas exploran modelos de revisión alternativos y despliegan activas estrategias de difusión. Aunque se trata de un fenómeno diverso y heterogéneo, su rápida expansión abre un debate necesario en la comunidad científica sobre los límites entre innovación, calidad y rigor.

Como editora, he vivido de primera mano esta transformación acelerada en apenas dos décadas. Al cerrar esta etapa, quizá sea el momento de detenerse y reflexionar sobre los tiempos de la ciencia, la creciente tensión entre calidad y cantidad, y la búsqueda de un equilibrio posible entre acceso abierto, rigor científico y sostenibilidad del sistema.

Cerrar una etapa no es solo despedirse del pasado. A veces, también es la única manera honesta de formular las preguntas adecuadas sobre el futuro.

*Catedrática de Botánica de la Universidad de Córdoba

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