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Opinión | El ángulo

No hay Julio Iglesiassin Ana García Obregón

Hay un error que se repite cada vez que un hombre poderoso es señalado por denuncias de abusos, pensar que el problema tiene que ver con el acceso. Como si quienes lo tienen todo, dinero, fama y prestigio actuaran desde la carencia. Es justo lo contrario. El abuso no nace de la falta sino del exceso de poder. No es el deseo insatisfecho, es jerarquía confirmada, la necesidad de comprobar que los límites ajenos son frágiles y que los tuyos no existen.

Por eso estos casos no son excepciones, sino patrones. Epstein no fue un monstruo aislado, Trump no es una anomalía cultural y Julio Iglesias, en el marco de las denuncias que se han hecho públicas y que la justicia dirimirá, no es una figura distinta a ese mismo esquema. Hombres convencidos de que su estatus no solo le da acceso a todo, sino derecho sobre todas.

Lo inquietante no es solo la existencia de denuncias, sino la reacción social que las rodea. Mujeres con capacidad de crear opinión, que han estado cerca de estas figuras, se apresuran a decir que les resulta increíble, que «a ellas las trató como reinas», que «era un caballero». Y no mienten necesariamente. Los abusos no suceden en público. No se producen ante testigos neutrales, suceden en la intimidad, donde el poder no necesita máscara.

Pero esas declaraciones hacen algo más peligroso como normalizar un modelo de relación profundamente desigual. «Me trataba como una reina» suele querer decir que tenía dinero, controlaba el espacio, decidía las reglas. «Era un caballero» suele implicar que ejercía la superioridad con elegancia. La caballerosidad no elimina la jerarquía, solo la embellece.

Se romantizan comportamientos que, en cualquier relación entre iguales, serían vistos como invasivos: besos en la boca impuestos como juego, manos que sujetan la cabeza, una intimidad que se toma. Y ahí aparece la pregunta incómoda que desarma toda la narrativa romántica, ¿le gustaría recibir ese mismo trato de cualquiera? ¿Del jardinero que trabaja en su casa?

Este sistema no funciona sin colaboradores, y no solo hombres, también mujeres que por proximidad, por beneficio o por miedo a perder posición, contribuyen a seguir sosteniéndolo. No siempre lo hacen con mala intención. A veces es una forma de supervivencia simbólica.

El abuso no tiene que ver con la accesibilidad sexual, tiene que ver con el dominio. Con comprobar que el estatus permite cruzar fronteras sin consecuencias. Por eso se repite siempre en los mismos perfiles, hombres intocables, rodeados de una corte que transforma la impunidad en costumbre y el silencio en normalidad.

*Politóloga

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