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Opinión | Tribuna abierta

La ética del engaño o la verdad líquida

La hiperconexión digital fragmenta la cohesión social y genera «cámaras de ECO», como se señala en Más conectados, menos protegidos. No se trata solo de estar conectados masivamente, sino de cómo se altera la información de forma capciosa.

Históricamente, el uso del engaño en política no es un fenómeno nuevo. Tenemos antecedentes notables como es el de Isabel I de Inglaterra, que utilizó la ambigüedad del silencio para proteger su nación de amenazas externas; demostró que callar estratégicamente cohesiona.

Posteriormente, Fouché, «el genio tenebroso», el de las mil caras, que según su biógrafo Zweig, aprendió: «la técnica del saber callar, la de la auto-ocultación, el de la observación de almas y la psicología humana». Este personaje nos sirve para comprender la evolución de las fórmulas empleadas para medrar, hasta llegar en la actualidad al engaño a través de los algoritmos.

Estas artimañas, introducidas en la «modernidad líquida» de Bauman, suponen que el engaño ya no necesita ser coherente, solo precisa ser «fluido», y que capture la atención a través del miedo emocional, convirtiendo el artificio en un instrumento de poder.

Hemos visto que la genealogía del engaño político tiene hitos claros. Siguiendo a Diego Rubio, en su tesis La ética del engaño, destaca la figura de Maquiavelo, para el que la mentira podía favorecer la estabilidad del Estado, al igual que Isabel I. En contraposición, Fouché usa la información para su propia supervivencia. Le da igual la nación; en él, prevalecía: la información es poder.

Rubio sustituye la verdad por la información conveniente y lo justifica en el momento actual, que, a la vista de los acontecimientos, podríamos destacar que la omisión de la verdad es preferible a la mentira. Esto es porque el desmentido es más lento y costoso que una verdad a medias.

Esta preferencia por la omisión encuentra un reflejo contemporáneo en la reciente acción de Donald Trump respecto a la intervención en Venezuela a inicios de 2026.

Pero… ¿Cómo se articula esta forma de ardid en el entorno digital?

En el plano tecnológico, el engaño se ha convertido en un sistema complejo de influencia, que puede estar enmascarado bajo una forma microfragmentada, cuyo objetivo es permitir que el actor político pueda representarse de múltiples formas, adaptándose según el perfil del votante. Ocurre, entonces, que el engaño se mimetiza con la realidad; el ciudadano deja de buscar la veracidad para refugiarse en la «verdad emocional» de su grupo.

Como consecuencia, se plantean dilemas éticos en los que se anula el principio de autonomía del individuo, o sea, la capacidad del sujeto de gobernarse a sí mismo mediante la razón, convirtiéndolo en un ser manipulable que erosiona su confianza hasta producir una asimetría de poder basada en la desigualdad, a través de la dominación. Además, origina una degradación democrática y una fragmentación social, hasta convertirse en un sistema de ingeniería conductual.

La detección del engaño y su manipulación es más difícil con la aparición de la I.A. Casos como el de Cambridge Analytica ponen de manifiesto la vigilancia y control aplicando el análisis psicográfico, lo que se denomina capitalismo de vigilancia. Existen otros modelos como el Ocean, basado en rasgos de personalidad, como instrumento para manejar el miedo, la empatía o la ira. Su función es para explotar la vulnerabilidad del votante, sin su autopercibimiento.

Cuando el ciudadano asume el engaño, deja de buscar la verdad y se convierte la democracia en un sistema de ingeniería social en lugar de un espacio de deliberación racional. Contra el engaño político contamos con la higiene cognitiva y la reflexión crítica.

*Médico

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