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Opinión | Punto y coma

Desprecios lingüísticos

Partiendo de una anécdota personal, reflexionamos hoy sobre lo que podríamos denominar ‘desprecios lingüísticos’. Si bien no pretendemos adoptar un tono catastrofista, sí reconocemos que todavía existen variedades del español que gozan de mayor prestigio social que otras. Así, ciertos acentos continúan funcionando como excusa para la mofa o la condescendencia hacia quienes se considera inferiores.

Nuestro hijo tiene cinco años. Su madre –yo misma– es hablante nativa de español y domina otras lenguas. Ella siempre se ha dirigido a él en portugués, idioma que el pequeño comprende con naturalidad. Su padre, onubense, le habla en español con un claro acento andaluz. El niño acude diariamente al colegio, donde convive con una maestra de Huelva y con más de quince compañeros que comparten ese mismo acento. ¿Qué habla del español, pues, tendrá Alfonsito? ¿La de Burgos, quizás? No parece una hipótesis muy plausible. Del mismo modo, un adolescente nacido en Madrid, hijo de un venezolano que huyó de su país por temor a terminar en el Helicoide y de una italiana, hablará con marcado acento madrileño. No parece difícil de comprender; sin embargo, cuando viajamos fuera de Andalucía, no son pocas las ocasiones en que el habla de nuestro hijo provoca comentarios burlescos.

El clasismo lingüístico existe. Y, aunque desde el punto de vista científico es fácilmente desmontable, desde la perspectiva de unos padres cosmopolitas y educados en el respeto a la diversidad, resulta indignante. El acento no es un indicador de inteligencia, ni de cultura, sino el reflejo de una identidad asociada a un entorno y a una historia. Y reírse de un acento es, claramente, reírse de la historia de una persona.

*Lingüista

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