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Opinión | A pie de tierra

¿Realmente era esto...?

La reciente adecuación del templo romano de la calle Claudio Marcelo para su visita no ha estado exenta de polémica. Más allá de su mayor o menor acierto técnico (¿cumpliría todas las recomendaciones internacionales en materia de restauración patrimonial, como el principio de mínima intervención, la no adulteración del sitio o la reversibilidad de obras y materiales...?), de su estética cuando menos discutible o de que sigue invadido de malas hierbas, pasan los años sin que termine de ser completada, con el menoscabo que ello supone para la comprensión global del conjunto, cuya importancia en la imagen urbana de la Colonia Patricia de época imperial romana queda fuera de toda duda. Baste recordar que el templo presidió una gran plaza pública y que ésta conformó una escenografía colosal con otra plaza inferior, el circo y la vía Augusta, en una lejana evocación de la que formaban en Roma el Palatino y el Circo Máximo. De ahí el revuelo que provocó su hallazgo a mediados del siglo XX con motivo de la remodelación de las Casas Consistoriales, y que, una vez finalizada la excavación, los arqueólogos responsables, junto al arquitecto Félix Hernández, idearan una anastilosis monumental para la pronaos que, paradójicamente, se ha convertido en la principal imagen visible de la Córdoba romana. Sin embargo, salvo tres de los capiteles (los que se encuentran en peor estado), toda la columnata que hoy preside la fachada del templo es de hormigón armado y se construyó en el tercer tercio del siglo pasado; es decir, habiendo sido una de las ciudades romanas más importantes y colosales de Occidente, sólo identificamos con ella algo que ni siquiera es auténtico. Por eso no se entiende del todo que la musealización del complejo parezca ir destinada a valorar precisamente dicho elemento. En su época tuvo sentido, y es indudable que ha pasado a formar parte definitoria del imaginario patrimonial cordobés por lo que incorpora de valor añadido, pero de ahí a convertirla en un decorado de cartón piedra hay mucho trecho.

A pesar de no estar abierto aún en horario diario ni haber sido terminado, el conjunto arqueológico de la calle Claudio Marcelo es, quitando Medina Azahara, el único visitable de la ciudad. Por eso llama tanto la atención que se esté convirtiendo en escaparate o sede de actos culturales reñidos a priori con su propia esencia. ¿Para esto ha sido acondicionado? Supongo que los responsables del sitio se han dejado influir por otros espacios arqueológicos que acogen eventos de diferente signo, hecho quizás legítimo, pero ¿conveniente...? Si hay algo que espante más que la ruina desnuda de contenido es su instrumentalización, hasta hacer de ella un simple fondo de foto en busca de la legitimación y la estética que aporta la historia, precisamente en una ciudad que viene prescindiendo sin pudor de ella. De nuevo, prima la forma sobre el fondo.

A pesar de la adulteración del conjunto que ha supuesto la reciente intervención, el templo de la calle Claudio Marcelo debería reunir suficientes contenido y valor por sí mismo como para no hacer de él, además, pasarela de moda o escenario de conciertos. A ese fin cuenta la ciudad con otros espacios más adecuados y representativos, capaces de aportar las señas de identidad que en último término persiguen tales iniciativas. Ya hemos perdido -seguimos perdiendo a diario- suficiente tejido patrimonial como para poner también el poco que hemos respetado al servicio de la cultura espectáculo. Para ese viaje no necesitábamos alforjas, tantísimos años, ni tanta inversión.

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