Opinión | Para ti, para mí
Del «pesebre», al río Jordán
La liturgia de la Iglesia da un «salto» en el tiempo y nos traslada desde el pesebre de Belén, al río Jordán. Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, el Evangelio nos cuenta lo que ocurrió a orillas del río Jordán: Jesús hace cola en medio de la muchedumbre penitente que avanza hacia Juan Bautista para recibir el bautismo. Juan quiere impedírselo y le dice: «Soy yo el que necesito que tú me bautices». El Bautista es consciente de la gran distancia que hay entre él y Jesús. Pero Jesús vino precisamente para colmar la distancia entre el hombre y Dios: Él es completamente divino, pero también completamente humano, une lo que había sido separado. Por eso, pide a Juan que lo bautice, para que se haga justicia, es decir, para que se cumplan los designios del Padre que exigen obediencia y solidaridad con el hombre frágil y pecador, humildad y entrega total de Dios a sus hijos. ¡Dios está siempre a nuestro lado! En el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, se oye la voz de Dios Padre en los cielos: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Al mismo tiempo, el Espiritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que da públicamente inicio a su misión de salvación. Hanna Wolf, teóloga y psicoterapeuta alemana, afirma en uno de sus trabajos que Jesús ha sido la primera persona en la historia que ha vivido y comunicado una experiencia sana de Dios, sin proyectar sobre la divinidad los miedos, fantasmas y ambiciones de los seres humanos. Jesús vive y siente a Dios como Padre. Aunque Jesús habla constantemente del «reino de Dios» como símbolo central de su mensaje, nunca le invoca como rey o señor, sino como «padre» (Abbá). Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por el «Espiritu de Dios». Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El espiritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus malignos» que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar. Jesús se siente inundado por el Espíritu del Padre. Se reconoce a sí mismo como Hijo de Dios. Su vida consistirá en adelante en irradiar y contagiar ese amor insondable de un Dios Padre. Su vida se centra ahora en un único objetivo: Gritar a todos la Buena Noticia de un Dios que quiere salvar al ser humano. Esta fiesta nos hace recordar lo hermoso que es ser «un pueblo de bautizados», es decir, de pecadores, todos lo somos, redimidos por la gracia de Cristo que participa, por obra del Espíritu Santo, en la relación filial de Jesús con el Padre y es acogido en el seno de la madre Iglesia en una comunión fraternal que no conoce confines ni barreras.
El paisaje del bautismo de Jesús, esbozado en estas lineas, puede que diga poco o nada a la sociedad de nuestro tiempo. Para muchos contemporáneos Dios se ha quedado mudo para siempre... Dios es hoy para no pocos una palabra sin contenido, una abstracción, tal vez un mal recuerdo que olvidar para siempre. Cristianos que tenían fe la han ido perdiendo, y ya no saben cómo recuperarla. Cristianos que tenían confianza en Jesucristo han ido sufriendo decepciones dolorosas a lo largo de la vida, y ya no saben cómo volver a confiar. Hombres que un día rezaron y de cuyo corazón no brota hoy invocación ni súplica alguna. Cuántos hombres y mujeres viven, sin confesarlo, en una especie de «ateísmo gris», insípido y trivial en el que se han instalando poco a poco y del que parece imposible ya resurgir. Hay también quienes buscan a Dios sinceramente y su búsqueda se hace difícil y dura. ¿Cómo creer en un Dios bueno cuando millones de hombres mueren de hambre sin que, al parecer, nadie nos sintamos responsables? ¿Cómo creer en un Dios que se calla cuando los hombres se destruyen uno a otros y hacen imposible la convivencia? Ante tanta injusticia, fracaso y dolor, ¿dónde está Dios? Recordemos los versos de García Nieto: «Te espero, porque Tú solo podrás explicarme un día / los insistentes encuentros que he tenido con la tristeza... / Tienes que llegar, Dios mío...».
*Sacerdote y periodista
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