Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Entre visillos

Un año nuevo convulso

La operación militar de EEUU en Venezuela revoluciona aún más el mapa geopolítico de un mundo donde crece el desasosiego

Llegadas estas fechas, toca hacer balance de lo vivido el año anterior y poner la mirada en lo que está por venir, ya sea en el aspecto personal -enero es mes de buenos propósitos- o en el otro, que de una forma u otra siempre acaba afectándonos. En este segundo aspecto, el de lo externo e incluso lejano que se te clava en los huesos, 2026 no ha podido empezar con más estrépito, y veremos cómo acaba. La sorpresiva operación militar ordenada por Donald Trump en Venezuela, como de película americana sin héroes fotogénicos en misiones imposibles aunque sí un villano caído en desgracia ante toda la humanidad, va a dar mucho que hablar y que pensar al mundo, por si estaba poco desasosegado con tanto movimiento extraño en el tablero geopolítico.

Nicolás Maduro era un sátrapa arbitrario y chulo que ocupaba la presidencia de la República Boliviariana a base de chanchullos en las urnas y crueldades contra todo el que le tosiera, un déspota tiránico e impresentable. Puede que también fuera un narcoterrorista, delito por el que ya se lo juzga en Nueva York tras obligarlo a entrar esposado y a gatas en un furgón policial, el escarnio público como condena anticipada. Pero esa razón para su captura con despliegue de fuerzas de élite norteamericanas -que se ha cobrado no pocas vidas inocentes que no vemos y cuyo número exacto quizá nunca se sepa-, eso de culpar a Maduro de infectar de drogas los EEUU, incluso si es verdad, suena a pretexto semejante al de las supuestas armas de destrucción masiva con que en 2003 se justificó la invasión de Irak contra Saddam Hussein. La macrooperación, disfrutada en directo a través de la pantalla por el presidente Trump con tal fruición que solo le faltaron las palomitas, mientras echaba cuentas sobre el petróleo que ordeñaría a la vaca venezolana, se ha llevado a cabo violando los principios más básicos del derecho internacional. Y bajo la advertencia de que la cosa no ha hecho más que empezar; pues para el otro sátrapa, el multimillonario del pelo de panocha que farfulla amenazas cada vez que respira, el universo entero es el patio de su casa, un mapa lleno de puntos estratégicos por conquistar en cuanto se le antoje si nadie (pongamos Europa en defensa de Groenlandia) sabe ponerse en su sitio por temor a enfrentársele abiertamente. Así que ya podemos ir temblando.

Pero ni Trump y Maduro; ni las guerras contra los ucranianos y los palestinos; ni nuestros políticos, aún más revueltos y escorados a lo suyo -que ya es decir- ante el tiempo electoral que se avecina... nadie tiene derecho a amargarnos estos primeros días del año en que, como con la carta a los Reyes Magos, todo es posible si no se pierde la ilusión de cuando éramos niños. Y hablando de correspondencia, yo me quedo con la misiva que, como todas las Navidades, envió Juan José Aguirre, obispo de Bangassou desde hace un cuarto de siglo. Esta vez la escribió en su Córdoba natal, donde ha pasado una temporada para remendar la salud y seguir de cerca la labor de la fundación que lleva su nombre, poco antes de volver a la agitada República Centroafricana. Allí, en plena selva y carente de mínimas comodidades, asegura sentirse feliz a pesar de haber vivido situaciones extremas; y se considera un privilegiado por ejercer de padre de los que nada tienen salvo la alegría que no pierden ni a tiros, literalmente. Las cartas de monseñor Aguirre, a quien el Ayuntamiento entregó en octubre la Medalla de Córdoba, te meten el corazón en un puño por las escenas bélicas y de hambruna que describen; pero este año, con un obispo coadjutor que lo ayuda y el atisbo de una paz menos lejana, abren un arcoíris de esperanza. Ojalá se ensanche por todo el horizonte.

Tracking Pixel Contents