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Opinión | Paso a paso

Confesión pública

Hemos jubilado el antiguo confesionario de madera, con su olor a cera y a vergüenza, para instalarnos en un confesionario portátil, luminoso y ubicuo: la pantalla. Allí no se va a pedir perdón, sino a pedir audiencia; no se busca contrición, sino alcance; no se anhela enmienda, sino un puñado de corazones rojos que funcionen como absolución exprés. El alma, que antes se defendía en la penumbra, hoy se ofrece en escaparate, con filtro favorecedor y música de fondo, como si la miseria íntima —adobada con ingenio— fuese una forma de prestigio.

Ya lo vio Debord cuando escribió que «todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación». Y nosotros, obedientes, hemos aprendido a vivir para la foto, para el rótulo, para el relato; a convertir la experiencia en prueba, y la prueba en propaganda. No basta amar: hay que mostrar que se ama. No basta sufrir: hay que narrar el sufrimiento como quien exhibe una herida que da derecho a aplauso. La vida se ha vuelto una comparecencia permanente ante un jurado voluble: la multitud digital, que hoy te canoniza y mañana te destierra con un gesto de pulgar.

Oscar Wilde, con esa lucidez de dandi que atraviesa épocas, dejó dicho que «lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo». Hoy esa existencia se parece sospechosamente a un perfil: una biografía de quince palabras, una colección de instantáneas, una moral de eslóganes. Existimos en la vitrina y, mientras tanto, se nos escapa lo vivo: el silencio que cura, la conversación sin testigos, la emoción que no pide permiso ni subtítulos.

Pero hay una perversión más honda: la confesión pública no nace del deseo de verdad, sino del pánico a estar a solas con uno mismo. Kierkegaard lo formuló con un hachazo: «la multitud es la mentira». Porque la multitud —ese ruido— anestesia la conciencia, ese perro guardián del alma que, cuando no hay distracciones, nos muerde con preguntas. En vez de escucharlo, le arrojamos entretenimiento, validación, notificaciones: migajas para que no ladre.

San Agustín, en cambio, nos dejó una dirección opuesta, casi ofensiva para nuestro tiempo: «Noli foras ire, in teipsum redi; in interiore homine habitat veritas» (no vayas fuera: vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad). Nosotros hacemos lo contrario: huimos hacia fuera, hacia el escaparate, hacia el bullicio, como si la interioridad fuese una habitación peligrosa donde acecha lo que somos.

Quizá haya que recuperar una virtud humilde y escandalosa: el secreto. No como ocultación mezquina, sino como reserva sagrada. Volver a vivir algo que no se publique, a sufrir algo que no se monetice, a arrepentirse sin público. Porque la verdadera confesión —la que cambia— no necesita cámaras: necesita verdad. Y la verdad, casi siempre, empieza cuando se apaga la pantalla.

*Mediador y escritor

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