Opinión | El ángulo
Política para adultos
La captura de Nicolás Maduro ordenada por Donald Trump ha tenido en España un efecto menos geopolítico que emocional. Más que un terremoto diplomático, ha sido una montaña rusa de entusiasmo, confusión y cierta decepción que ha dejado especialmente descolocados a la oposición venezolana en el exilio y a la derecha española.
La noticia fue recibida con euforia entre los venezolanos residentes en España, particularmente en Madrid, donde la oposición al chavismo no solo es numerosa, sino influyente y bien conectada política y mediáticamente. Durante años, España ha funcionado como una segunda capital simbólica de la oposición venezolana, donde se ha construido un relato épico de resistencia democrática. La caída de Maduro parecía, por fin, darle sentido a tanta perseverancia.
Pero la alegría duró poco. Cuando Trump empezó a hablar el castillo emocional comenzó a agrietarse. La minusvaloración pública de Corina Machado, la gran heroína del relato opositor fue un recordatorio brutal de que, en la lógica trumpista, los liderazgos democráticos son prescindibles y lo importante es la extracción de los recursos naturales. La secuencia nos resultó familiar, nos recordó a aquella tarde en la plaza Sant Jaume, cuando la república catalana autoproclamada pasó en horas de la exaltación colectiva a la nada. Mucha épica, poco poder real.
Ayer, la derecha española asistía al episodio con entusiasmo oportunista. Durante años, PP y Vox han utilizado Venezuela como arma arrojadiza no solo contra el chavismo, sino contra el gobierno español. Juan Guaidó primero y Corina Machado después fueron elevados a tótems morales con los que Isabel Díaz Ayuso o Cayetana Álvarez de Toledo atacaron a Pedro Sánchez y, sobre todo, a José Luis Rodríguez Zapatero, convertido en un villano transatlántico permanente. El problema llegó cuando el relato se estropeó. Porque mientras Zapatero, el supuesto gran aliado de Maduro, ayudaba a escapar de Venezuela al presidente electo Edmundo González, Trump decidía que su interlocutora válida no era ninguna figura de la oposición democrática, sino Delcy Rodríguez.
Costó digerir que la mujer que simbolizaba todos los ataques al Gobierno acabara siendo la elegida por el ídolo político de Vox y referente internacional de buena parte de la derecha mediática. Venezuela vuelve a servir como teatro simbólico de la política española, pero el desenlace deja al descubierto una verdad incómoda, en la nueva realidad internacional la democracia y la legalidad importan bien poco. Como en Sant Jaume, la política real sucede en otra parte, mientras aquí se administra la decepción.
*Politóloga
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