Opinión | Calma aparente
Sin titubeos
Ya está bien de hacer recuentos. Se acabaron los excesos legales y el desorden navideño. La realidad no siempre se ajusta a nuestros balances vitales, pero esa imprecisión tan solo es parte del juego. La exactitud es una soga. La rumia envenena. Desde el primer día del año me lancé al Vial. Necesitaba mover las piernas y que el frío en la cara me entonase el espíritu. Mi cuerpo empezaba a huir de mí. No aguantaban tanta mala conciencia sedimentada. Pero ya está de vuelta, por fin, la rutina, tan refrescante, tan tonificante, tan antiinflamatoria. Lo nuevo y lo imprevisto evitan que la vida pierda sustancia, pero devienen ineficaces si no se enmarcan en una rutina. No hay improvisación sin repetición de fondo.
Me fui a mirar cómo empezaba el año desde una cafetería nueva: Felia Café. Está en Ronda de los Tejares, y desde sus ventanales se ve Cruz Conde; está, por tanto, en un cruce en ebullición. Desde el otro lado del cristal, ajeno al ruido del tráfico, al frío y a la prisa de los demás, me deleité observando el ajetreo. La tensión de los rostros aumenta a medida que se cumplen años. En cuanto a la decoración, estaba protagonizada por el dorado y el azul, una mezcla que se me antojó un espanto; supongo que buscaban darle al local un toque distinguido, elegante, art déco, y supongo que los encargados creen haberlo conseguido. Lo cierto es que el dorado llegaba hasta los cubiertos. Cuidaron hasta el último detalle. Por otro lado, algo que agradecí fue la iluminación tenue, acogedora; lo malo era que contrastaba con el volumen excesivo del hilo musical, compuesto por versiones azucaradas de grandes éxitos. En cuanto al desayuno, me llamó la atención que me preguntaran si prefería lonchas de jamón o pizcos: se adaptan a todos los gustos. El tomate estaba bien triturado; el aceite, variedad hojiblanca, estupendo; el jamón, un poco duro. La camarera, a pesar de las fechas turbulentas, fue muy amable. Aun así, en general, percibí más vocación de servir copas que café. Cuando me fui, los transportistas ya habían ocupado por completo el carril derecho de la calle.
No echo de menos los cotillones ni los churros al amanecer, pero se han incrementado las punzadas de vértigo ante el paso del tiempo. Termina el año y tiende uno a la melancolía; afortunadamente, empieza el siguiente y me rescatan el orden y las buenas intenciones. A lo largo de estos meses, se ha disparado la ludopatía, se ha estancado la pobreza y se han multiplicado los apartamentos turísticos. Seamos ambiciosos: ya solo nos falta un repunte del anarquismo.
*Escritor
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