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Opinión | Memoria del futuro

Democracia, a pesar de todo

Ya hemos consumido un cuarto del siglo del futuro. ¿Para qué? El mundo es infinitamente peor de lo soñado en las Navidades de la infancia. Digo Navidades porque ese era el mundo de mis sueños. Igual que para Rilke la infancia era su patria, para mí la Navidad era mi lugar. Y, además, yo no divido con eso. En la tienda de mis padres, en los años setenta, poníamos un cartel que decía «Felices Fiestas», y no pasaba nada: Ayuso no había nacido aún. Que la vida no es para nada como la habíamos imaginado, no deja de ser una paradoja de la inutilidad que supone ser animal y tener raciocinio. A veces los hijos dicen: yo no pedí nacer; yo también puedo decir que yo no pedí pensar. Y, sin embargo, pienso. Y cuanto más pienso menos entiendo.

El presente no es el resultado del pasado: el archivo no es la memoria del presente. La llamada inteligencia artificial construye una arquitectura de la realidad que fluye desde el futuro hacia el ahora y no desde el pasado hacia el presente, como siempre había sido. Por eso, dice Innerarity que la predictibilidad puede convertir a la realidad en algo demasiado previsible, apolítico y no democrático.

En realidad, este presente ya no es dual, no hay una realidad física y otra metafísica, ambas se han fundido y sus procesos ya no se pueden escindir. A pesar de ello, hay dos planos de comunicación que han separado la información. Un sector de la sociedad -entre 14 o 15 años y menos de 50- se nutre solo de la des-información que le llega a través de plataformas controladas por las tecnológicas nacidas en Silicon Valley. Son los tecnofeudos con nuevos siervos: no los de la gleba, sino datasiervos, que entregan parcelas de libertad a cambio de la pseudo libertad del acceso rápido y versátil al mundo digital. El siervo medieval renunció a su libertad por su seguridad tras la caída de Roma; ahora, tras la caída del Estado del bienestar, entrega privacidad a cambio de un ciberespacio «gratuito».

En este escenario, qué difícil se hace reconfigurar el papel de los partidos, de la sociedad de ciudadanos libres, de la democracia, de la participación y del pensamiento crítico y libre. Trato de comprender a quienes votan por el tecnofascismo, ultraderechismo y autoritarismo: son almas desterradas y perdidas de un sistema que no supo dar respuesta a sus incertidumbres, a sus necesidades, a sus retos. Estos zombis, mayoritarios ya, han decidido entregar su voto a quien, al menos, rematará su deambular en el territorio espectral de los nomuertos. Votar por la extrema derecha, por el populismo neofascista es su solución: antes muertos que demócratas. De veras que intento entenderlos. Solo quiero que se entiendan ellos. Quiero que vean que han decidido acelerar su muerte política, civil, incluso personal, antes de tratar de luchar por regenerar el sistema que nos hizo a casi todos más humanos, más pacíficos, más libres y, por tanto, más ricos en todos los sentidos.

Hay un Estado del bienestar que permite que Abascal diga que los inmigrantes de la paguita cobran más que tu abuela con su pensión. Y, unos meses después, diga que tú no tienes para comprar un piso porque esa misma abuelita tuya disfruta de una pensión ‘cañón’ en la Costa del Sol. Es el mismo que hace seis meses dice que la baliza para los vehículos es la solución para evitar muertes en carretera, y ayer mismo afirma que el gobierno con ello pretende hacer caja. La ideología de este personaje inspira a unos antipatriotas residentes en Andorra, para que digan lo malo que es pagar impuestos, olvidando que un simple traslado en ambulancia en Estados Unidos cuesta mínimo tres mil euros, por poner un ejemplo. O que en tan santo país puedes ver a hombres y mujeres de más de ochenta años en las cajas de supermercados, solo porque no tienen pensión o no es suficiente.

Si todas esas barbaridades ocurren ya en España, y si en Extremadura Vox sube exponencialmente sus apoyos -y lo que nos queda por ver-, no es porque sea una solución racional, sino porque una parte de la sociedad los percibe como una solución emocional. La política, las elecciones, la demoscopia son estados de ánimo; es la necesidad de fijar un relato la que cambia el curso de los acontecimientos. Esa ciudadanía está cansada de políticos mediocres, de partidos que no atienden lo importante, de un sistema que paulatinamente va acrecentando la división desigual entre unos ricos cada vez más ricos y una masa cada vez más pobre.

Esta ecuación es perversa, porque precisamente quien ha generado los fondos buitre que roban la vivienda pública y engordan el mercado de una vivienda que cada vez es más cara, son los que al mismo tiempo fomentan y financian los partidos de ultraderecha que son los salvadores. La poca capacidad de reacción de los partidos democráticos lleva a la derecha a asumir los postulados de la ultraderecha: el enemigo es el inmigrante. Por su parte, los partidos de izquierda se debaten entre el cainismo más allá de la socialdemocracia, y la inutilidad de ésta para despertar del letargo a las masas con políticas sociales que no son el relato y que no ayudan, a pesar de que curan, para despertar la defensa de la democracia.

¿Qué nos queda? Es evidente que escribir aquí está bien, pero sirve para poco. Los pacientes lectores que me leen en su mayoría están convencidos de que la democracia y los partidos requieren una regeneración profunda, una redimensión nueva adecuada a nuevos retos; que, pese a sus carencias, sigue siendo el mejor sistema político posible. Sin embargo, la mayoría -especialmente las nuevas generaciones- ya no se informan por aquí. El tecnofeudalismo ha sabido crear otras vías de comunicación en las que les intoxican con la finalidad de hacerlos siervos. Piensan, por ejemplo, que la Unión Europea debe desaparecer, que la patria es la solución a todo, que el enemigo es el extranjero, que lo mejor es no pagar o pagar pocos impuestos para que cada uno resuelva su vida desde la individualidad egoísta, que las pensiones les roban el futuro porque ellos nunca serán viejos (es posible en caso de guerra mundial) y, por fin, que el autoritarismo del líder carismático es la solución a todos los males del presente. Supongo que creen eso porque imaginan que entre los autoritarios se van a encontrar ellos, y no se dan cuenta de que en el poder absoluto solo hay sitio para unos pocos, el resto son los siervos de la tecnogleba.

Por todo ello, a pesar de sus imperfecciones, a pesar de sus errores, a pesar de la necesidad de su redefinición, a pesar de la lentitud de sus respuestas a los retos del presente, yo sigo reivindicando la democracia, el parlamentarismo, la utilidad de los partidos, la necesidad de la convivencia y el pensamiento crítico y diferente, la fundamentación del ser humano como ente portador de valores por sí mismo y no en función de pertenencia a un colectivo uniformizador. Yo sigo defendiendo la sanidad pública, la educación pública y abomino de un sistema que por 50 euros al mes no te va a dar un largo tratamiento para un cáncer, ni te va a formar al más alto nivel por una matrícula de miles de euros al año.

No se dejen engañar por los trileros. Mal está robar -Cerdán, Koldo, Ábalos; los ministros de otros partidos ya no cuentan-, y vejar a las mujeres, pero ese dedo, asqueroso sin duda, no debe ocultar la luna de los miles de millones que se llevaron los de la crisis financiera o los fondos buitre. Ni siquiera las tarjetas black llegan a opacar los 22 mil millones del saqueo de Caja Madrid. Y mientras, que si las paguitas, que si los inmigrantes, que si la abuela fuma… Trump ha incrementado su patrimonio neto en tres mil millones de dólares en 2025. Voten y disfruten a toda la ultraderecha europea que son sus cachorros, incluido Vox. Yo siempre seguiré votando democracia.

Feliz año, van quedando menos.

*Catedrático de la Universidad de Córdoba

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