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Opinión | Cielo abierto

2026

En 2026 nos vamos a fajar para que sea un buen año. Vamos a pegar los codos bien a los costados, vamos a sentir en los dorsales la fuerza de la espalda coronada en los hombros, al no retroceder en la lona del mundo. Decía Scott Fitzgerald, al final de su vida, que ya sólo creía en la honradez del trabajo bien hecho y en los castigos por no realizarlo. La frase o la sentencia, resultado redondo de una vida que había tocado el éxito total -pero también voraz, porque Scott lo fue todo- es lo que hermana a la sombra dorada de Gatsby con Rocky Balboa: si quieres tener alguna posibilidad no tanto de triunfar, sino de mantenerte en pie sobre una tierra con sus propios temblores interiores, que te arrastran con ella, tienes que estar dispuesto a soportar los golpes y a seguir adelante. No depende de lo duro o lo brillante que puedas ser, sino de lo que estés dispuesto a soportar, porque ves tu ideal flotando en el viento y hacia allí te diriges. Se trata de encontrar la luz verde del faro sobre el muelle, justo al otro lado de la niebla. Es tener horizonte, es dibujarlo en el lienzo de bruma de los sueños. Yo en 2026 voy a levantarme aún más temprano, voy a correr más, voy a hacer más flexiones e inflexiones de voces, tonos, personajes y planos narrativos en la nueva novela que comienza ya a prefigurarse: porque se escribe con todo, lo entregamos todo, y el cuerpo es la escritura que siempre sigue en marcha con nosotros.

Algo hay de propósito no tanto de enmienda, como de recuperación o de cuidado del centro más valioso de uno mismo. Hay muchos factores que necesariamente vuelan y gravitan fuera de nuestro alcance, por más que nos afecten y que nos condicionen. Pero si no está en nuestra mano modificarlos ahora, rectificarlos ahora, tendremos que seguir y que aplicarnos, dando lo que podamos de nosotros. De eso habla Scott Fitzgerald, esa es la honradez del trabajo bien hecho. Aunque se aplica a todo: haz todo lo que puedas, saca de ti lo máximo, entrégate a la vida, dalo todo. No importa lo que pueda parecer que sirve y lo que no: más allá de los grandes gestos y ocasiones, no hay un matiz pequeño, no hay minucia, no hay detalle que no resignifique nuestro propio retrato en el espejo. De eso habla también Rocky: en todas las entregas el enemigo es él, al mirarse de frente y comprobar que seguimos remando contra la corriente que guardamos dentro de nosotros.

Y más allá de ese espejo, habrá un tiempo total en 2026 para bailar contigo y mecerte en el agua, como en el hammam, porque nos merecemos escucharnos y sentirnos cerca, cuando todo se queda en suspensión en las gotas de luz sobre tu frente, que es franca y sincera, y sigue sosteniendo la belleza del mundo.

*Escritor

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