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Opinión | Paso a paso

Propósitos huecos

La medianoche del 31 se nos vende como un umbral metafísico: doce uvas y un «reset» espiritual con cava barato, bien frío. Cambiamos de calendario como quien se cambia de camisa, creyendo que la tela nueva blanqueará las manchas viejas. Y sin embargo, el año no nos absuelve: apenas nos reordena el decorado.

En la calle estallan fuegos artificiales como si el cielo, sobornado, fuese a firmarnos una prórroga de inocencia. En casa, el presentador cuenta regresivamente y el móvil, alzado como cáliz, registra la prueba de felicidad. Hasta la alegría se ha vuelto un trámite: hay que publicarla para creerla. Y al apagar la luz, regresa la conciencia, perro guardián del alma. Celebramos el instante para no escuchar lo que dura; brindamos para ahogar el rumor del saldo pendiente.

Los propósitos -baratija de optimismo- se formulan con solemnidad de vela encendida, pero duran lo que dura el humo. «El tiempo, ese gran escultor», escribió Marguerite Yourcenar, y nosotros nos presentamos ante su cincel con la ingenuidad del que quiere la estatua sin soportar el golpe. Una gimnasia de dos semanas, una dieta que muere en la primera cena con amigos, un libro empezado para demostrar -a nadie- que todavía somos capaces. Nos prometemos templanza con la boca todavía dulce de turrón, como si el desorden se despidiera por decreto.

Lo más cómico es que llamamos «nuevo yo» a una máscara recién planchada: la vieja avaricia con etiqueta wellness, la pereza con aplicación de hábitos, la soberbia en versión «autoestima». La industria del consuelo -gurús, manuales, coaches- vende redención a plazos, como quien financia un sofá. Y ahí asoma nuestra miseria: queremos cambio sin disciplina. Pascal nos pinchó el globo: «El corazón tiene razones que la razón no conoce».

Montaigne, que miraba al hombre sin cosmética, escribió: «Yo no pinto el ser, pinto el pasar». Pero nosotros pintamos el pasar para que parezca ser; maquillamos el tránsito para no mirar el fondo. Nos da pavor la evidencia bíblica: «No hay nada nuevo bajo el sol». Preferimos creer que enero es varita mágica y no espejo.

En vez de descorchar la verdad, descorchamos la coartada: el año, decimos, «me debe» una reparación. Como si el tiempo fuera un funcionario de ventanilla y la vida una reclamación con sello. Kierkegaard dejó otra astilla: «La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero ha de ser vivida hacia adelante». Avanzamos sin comprendernos y luego pedimos al calendario que haga de psicólogo.

San Agustín, que conocía el laberinto interior, dejó la brújula: «No salgas fuera; vuelve a ti mismo». Mas huimos hacia fuera, hacia el ruido de las listas, porque dentro nos aguarda la contabilidad moral.

Quizá la única ceremonia decente sea otra: no prometer milagros, sino practicar pequeñas fidelidades. No jurar que cambiaremos el mundo, sino cambiar el gesto que lo ensucia: una palabra menos cruel, una excusa menos fácil, una verdad dicha a tiempo. El año nuevo no trae una vida nueva; trae, a lo sumo, otra oportunidad de no mentirnos con tanta elegancia.

*Mediador y escritor

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