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Opinión | Cosas

La suerte de la discordia

Ante ese celo maniqueísta, ese conmigo o contra mí tan propicio de nuestro país, valga de antemano que este articulista disfruta la Navidad; que, no sin un espíritu crítico, acepta los recovecos de una fiesta que ha maridado su fuerza expansiva con el apego a las tradiciones locales. Precisamente, el Gordo es uno de los distintivos de las navidades españolas, siendo uno de los eventos que más encolan la cada vez más desgarrada cohesión nacional.

El soniquete de los niños de San Ildefonso ha sobrevivido al hambriento estraperlo de los tiempos de Carpanta; a Elena Francis y a la canción del Cola-Cao; e incluso a las turbulencias de cantar los premios en euros. Ese pellizco ilusionante que hace girar las tolvas se ha publicitado en los últimos años destacando la idea fuerza de la solidaridad. Etimológicamente, compartir es dividir juntos, porque estas fechas son más propensas para sentar a Plácido en la mesa, ejerciendo de samaritano sin entregar, como san Martín de Tours, un trozo de su capa, sino la participación en un número.

Sin embargo, y utilizando una jerga galáctica, es la fortuna la que hace aflorar nuestro reverso tenebroso. La motivación de comprar un décimo en más de una ocasión no se enmarca en una viñeta en la que soñamos con casoplones, sino en el pavor de que los compañeros de trabajo descorchen el cava mientras haces esfuerzos titánicos para sostener una risa de tonto por no estar entre los agraciados. Siempre puede haber una excepción, porque en Villamanín alguno ha querido apuntarse a este desmarque.

Ya se sabe lo que ha ocurrido en esta localidad leonesa. No consta la prodigalidad de las loterías en el medievo, pero pudieran haber sido la fuente de este ambiente inquisitorial, de una cacería de brujas que ha transformado la euforia del premio en una desconfianza más propia de las intrigas de Agatha Christie. Una de las grandes sofisticaciones del ser humano es que esa fiereza de predador instalada en el hipotálamo la trasladó al resorte del papel moneda; esa convención que ha permitido el comercio, la prosperidad y la convivencia pero que ante una alteración nos revierte a los documentales de los leones lanzados ávidos sobre la pieza.

En Villamanín ha tocado el Gordo de la discordia. En una asamblea los premiados llegaron a un principio de acuerdo, una emulación de los antiguos fueros cuyos pactos no se cierran ni con honores ni con sangre, sino con un membrete de suspicacia que espera ser abierto ante la primera denuncia en los juzgados. Sin prejuzgar las interrelaciones de los protagonistas, sin desinhibirnos de ese tópico picaresco que también ha conformado la identidad nacional, uno siente cierta lástima de esos jóvenes que repartieron unas papeletas con ese euro de incremento añadido con el que sufragar las modestas ensoñaciones de la Comisión de Fiestas. Y por mor de una tremenda negligencia, han pasado de las carantoñas y besos de tías segundas en los mofletes, a convertirse en pequeños Barrabás del Bierzo. Para contentar momentáneamente a ese síndico de agraciados, su primer castigo ha sido la renuncia a su parte alícuota del premio, completando la redistribución del encanijamiento con una quita colectiva de lo abonable.

Malas capitulaciones las que se firman con tinta de aire: un altruismo expectante al primer desistimiento para que haga aguas cualquier consenso. Con ello, cada uno arrima su ascua por el prurito de que, antes que idiota, ser insolidario. Robin Hood no se ha metido a lotero, pero si queremos que el espíritu navideño no sea de cartón piedra, compartir pasa por prevenir; por confirmar las paradojas de la suerte que, cuando llega, es muy estricta en sus procedimientos.

*Licenciado en Derecho, graduado en Ciencias Ambientales y escritor

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