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El trato andaluz
Empieza el anuncio. Suenan campanas. A la hora en punto una muchacha sale al balcón de una casa encalada y propone a los turistas que acepten un trato para hacerse merecedores de la hospitalidad que los andaluces ofrecemos de corazón. Dicho trato está basado en ocho puntos alusivos a ocho bienes que el visitante foráneo ha de respetar con el alma.
Uno, nuestra gente: señores jugando al dominó y el vinito en el bar de Curro, el reflejo de lo que es la gente andaluza, gente ociosa que sabe vivir la vida, no como esa gente de por ahí, todo el día trabajando y estresada (también sale una pescadera politatuada para que se vea que somos modernos). Dos, nuestra tierra: la voz de la locutora dice que no hay nada más grande, toma ya, humildad sin autocomplacencia. Tres, nuestra libertad: derecho de los propios andaluces a disfrutar de su hogar y de las mejores playas del mundo. Sin duda era necesario hacer constar que la población autóctona puede bañarse también en Fuengirola o en Chiclana. Cuatro, nuestro comer: el gazpacho. No vale comer cosas que no sean las de aquí y las de siempre, no vale comer cosas raras. Cinco, nuestro descanso: la siesta se respeta o se respeta. Estaría bueno, un andaluz en condiciones llega de jugar al dominó y beberse sus vinillos en el bar del Curro y merece disfrutar de la siesta diaria que le pide su naturaleza genética y su herencia cultural, nada de coscorrón en el sofá, una siesta en la cama, de las de levantarse sin noción del tiempo y del espacio. Seis, nuestra cultura: salen un paso de Semana Santa y una señora con un cuadro de San Pancracio. Eso es, religiosidad popular sin complejos, de la que pone los pelos de punta, nada de literatos dándoselas de cultos. Siete, nuestra agua: ducha rápida. Sí señor, es precisa la pedagogía para evitar el despilfarro de los recursos hídricos entre los forasteros, que a este paso no vamos a tener ni para regar los campos de golf. Y ocho, nuestra calle: se advierte al turisteo de que hay que saludar a todo el mundo como Dios manda, buenos días, vida mía, buenas tardes, corazón, vamos, lo mismo que hacemos todos los andaluces cada uno de los días del año en este paraíso de luz y gracia en el que tenemos la suerte de vivir.
El respeto a esos ocho bienes patrimoniales fundamenta «el trato andaluz» con el que el turista debe comprometerse, «the andalusian deal», un trato sagrado.
Este es el anuncio que la Junta de Andalucía difunde desde hace semanas en el marco de una campaña publicitaria que podrían haber llamado «Andalusia is different», una campaña que me ha venido a la cabeza leyendo lo escrito por el gran periodista y escritor Manuel Chaves Nogales allá por los años 20 del siglo pasado: «Es temible imaginar lo que harán de Andalucía los nuevos sacerdotes del color local». Lo que están haciendo .
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