Opinión | Calma aparente
Balances y enmiendas
Cada vez resulta más difícil. La memoria falla. Los años y los meses empezaron a mezclarse en mi cabeza hace mucho tiempo. Ya no consigo ordenarlos sin hacer un gran esfuerzo y asumiendo que incurriré en olvidos y confusiones relevantes. El pasado se parece cada día más a un conjunto de anécdotas desordenadas. Aun así, algunos acontecimientos garantizan que el año permanecerá en el recuerdo, son hitos clavados como estacas. Este, tan redondo (el cuarto de siglo), será fácilmente rescatable por mi memoria. He cambiado de puesto de trabajo; he leído Los Buddenbrook o El cuaderno gris; he visto buen cine (recuerdo ahora Bird y El odio); he continuado escuchando a Bob Dylan o a Bambino y he descubierto a Adrianne Lenker; he frecuentado, aunque menos de los que me gustaría, la Fuenseca, y haber publicado una novela me ha llevado a conversaciones y lugares inesperados. Además, no recuerdo haber sufrido contratiempos reseñables, que es lo mismo que no haber sufrido contratiempos reseñables. Sin embargo, todo lo anterior palidece ante una noticia de las que le cambian la vida a cualquiera: dejaremos de ser dos. Transito por una etapa cargada de cambios. El tren ya está encajado en las vías. No me ha tocado el gordo, pero sería indecoroso quejarme.
Ahora bien, es un peligro que los meses carezcan de desperfectos, de fisuras; la perfección no tarda en convertirse en una losa, en una amenaza. Lo inmejorable es venenoso. Por eso decidimos, a finales de diciembre, aliñar nuestros días con alguna incomodidad. No teníamos tiempo que perder, así que no arriesgamos: nos metimos en una obra, cambiamos cuatro armarios empotrados. De golpe, nuestra casa se convirtió en un bombardeo; el polvo y los escombros la ocuparon hasta hacerla inhabitable. Claramente, nos pasamos de frenada. No caímos en la cuenta de que nos quedaríamos sin habitaciones en las que poder dormir. Entonces tuvimos una idea: irnos a un hotel. Nunca había dormido en uno de Córdoba. Cuando le dijimos nuestro código postal al recepcionista, se quedó paralizado un momento (no le aclaramos nada, dejamos que volara su imaginación). Según los cálculos del carpintero, solo serían tres noches. Ya se sabe que los plazos de las obras son volátiles; pueden terminar antes o después, sobre todo después, pero nunca el día fijado. Sin embargo, la impronta de este año volvió a revelarse imperturbable. Los obreros lo clavaron, y el mes terminará con un puntito de épica y otro de excepcionalidad.
Julio Camba vivió durante años en un hotel, el Palace. Ojalá se me haya pegado algo.
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