Opinión | Para ti, para mí
La Sagrada Familia, en el exilio
En este primer domingo después de la Navidad, la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. La pasada Nochebuena nos dejó la Gran Noticia que divide la historia en dos mitades, comunicada en primer lugar a los pastores a través de un coro de periodistas celestes que poblaron la alta madrugada palestina con la letra del primer villancico del mundo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Gloria Fuertes, la poeta de los niños, nos describió el Nacimiento de Jesús con estas bellísimas palabras: «Cuando todas las esperanzas estaban enterradas, todas las fuentes secas, todas las preguntas calladas, todos los fuegos apagados, entonces, en medio de la noche, la débil fuerza de una semilla, rompió la costra de la tierra». Y el escritor Juan Manuel de Prada se adentra en la teología navideña con este párrafo estelar en su obra «Mil ojos esconde la noche», elegido por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Córdoba, como «christma» de felicitación: «Las manos que habían modelado las estrellas se transforman, de repente, en unas manecitas diminutas; la grandeza inabarcable de Dios se torna fragilidad de un Niño recién nacido que se amamanta a los pechos de su Madre. Omnipotencia y desvalimiento, divinidad e infancia, que hasta entonces eran conceptos enfrentados, se anudan, formando una amalgama única que desafía las leyes físicas». El obispo de la Diócesis, Jesús Fernández, nos ha felicitado a todos, invitándonos a «acudir a la oración, la súplica, la ofrenda y el servicio». Por su parte, Demetrio Fernández, obispo emérito, en su mensaje, quiere «que encontremos a Jesús en nuestro propio corazón». Hoy, el evangelio nos presenta a la Sagrada Familia en el doloroso camino del exilio, en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús viven la condición dramática de los refugiados, marcada por el miedo, la incertidumbre y las adversidades. Por desgracia, millones de familias pueden reconocerse hoy en día en esta triste realidad. La televisión y los periódicos nos informan casi a diario de refugiados que huyen del hambre, de la guerra y de otros peligros en busca de seguridad y de una vida digna para ellos y sus familias. Pensemos tambien en los «exiliados», en los «exiliados ocultos», que podemos encontrar dentro de sus propias familias: los ancianos, por ejemplo, a los que, en palabras del recordado papa Francisco, «tratamos como un estorbo». Jesús quiso pertenecer a una fmilia que pasó estos apuros para que nadie se sienta excluido del amor de Dios. La huida a Egipto por culpa de las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está presente donde quiera que el hombre esté en peligro, donde quiera que sufra, se vea obligado a huir o experimente el rechazo y el abandono; donde quiera que el hombre sueñe, que espere volver a su patria en libertad o proyecte y elija vivir dignamente con su familia.
La Sagrada Familia es hoy un ejemplo para nuestras familias, a las que muchas veces se golpea sin piedad, y a las que hemos de ayudar a convertirse en una «comunidad de amor y reconciliación», donde se vive la ternura, la ayuda mutua y el perdón recíproco. El papa Francisco nos dejó esta fórmula preciosa: «Cuando una familia respeta a sus miembros, pide las cosas «por favor»; cuando sus miembros no son egoístas, aprenden a decir «gracias»; y cuando reconocen que se han equivocado, saben pedir «perdón». En una familia así reinan la paz y la alegría». Benedicto XVI nos ofreció esta sugerencia: «La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la más temprana edad, pueden aprender a recibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y el ejemplo de sus padres». Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría, nos definió la verdadera clave de la educación». «Educar es seducir con encantamiento y ejemplaridad». n
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