Opinión | Cielo abierto
La Nochebuena, para quien la trabaja
Todo lo que construyes estos días no puede improvisarse. Si no lo has recibido cabalmente, difícilmente puedes transmitirlo. Todo lo que es detalle y belleza sutil, todo lo que se basa en el mimo y cuidado del cariño urdido con un fuego de hogar, no se puede vestir sobre un cuerpo vacío. Puedes vestir vírgenes y santos, puedes disfrazarte de virgen y de santo, o ponerte pelucas y cantar encima de un tablao en una madrugada alucinógena, igual que Lola Flores cantó con Ava Gardner en las noches termales del Villa Rosa, en Madrid, como cuenta Marcos Ordóñez en su espléndido libro Beberse la vida; pero si no te has bebido, antes, el verdadero calor del hogar entregado a la viva pureza de los niños, con su encanto de amor sin estrategias, sin el cepo de un chantaje emocional, cómo vas a ponerte a cantar villancicos, cómo vas a lograr que esos momentos sean únicos, cómo vas a brindar, cómo vas a ofrecerte y celebrar la gloria de la noche alta escanciada en la luz.
Escuchas al Rey hablar de diálogo y capacidad para mediar, para dejar la propia aspiración tres o cuatro escalones por debajo, y así alcanzar la altura del logro común, y entiendes que está hablando del espíritu imperfecto de la Transición, que nos ha hecho vivir y convivir desde las diferencias y aristas que nos guardan. También de todo lo que nos han quitado, porque si se gobierna sólo para marcar mi interés sobre el tuyo, dejando atrás el logro cívico de entenderse y seguir adelante, lo que estás haciendo es imponerte.
La vida casi siempre es más compleja, y también más larga, que el presente voraz. En la Transición nos enseñaron, a ambos lados del muro, que había que derruirlo para poder vivir, como se hizo en 1989 con el de Berlín. Tú no puedes tener una Nochebuena medianamente digna si no has vivido antes esa generosidad, la entrega, su esfuerzo por hacer que sea una noche especial, ilustrada con los cantos y la música viva del recuerdo.
No puedes montar un edificio político mínimamente habitable si te cargas la herencia de noches y conversaciones, esfuerzos y renuncias que nos hicieron ser mejores que nuestras diferencias. Cualquier soberbio sabe imponerse a sí mismo, porque sólo admite su razón. Pero quien piensa en una construcción coral, en ese beneficio para la gente y los hijos, tendrá la inteligencia y la visión de situar el bien ajeno por encima de cualquier rencor propio. Hay una mezquindad inevitable en las almas mediocres o frustradas, que presumen siempre de lo que no son. Por eso no avanzan, pero el tiempo retrata a cada cual en su espejo infinito. La generosidad renace con cada Nochebuena, cada Navidad y cada fin de año, y vuelve a ser verdad. Estamos con la luz de las estrellas.
*Escritor
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