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Opinión | No ni na

El tardeo

De todos los enigmas contemporáneos, ponerse el labio superior leporino (¿no se dan cuenta?) y estar ciego a las seis de la tarde son los que mayormente me confunden. No es que los censure, porque aquí somos de aceptar todos los modelos de familia, pero eso de parecer que te ha picado un insecto tropical en la jeta -cuando es cosa de estética- o de andar morado a la hora del café constituyen verdaderos prodigios que uno ni imaginaría. Sí, amigos, podemos decir que hemos superado la Tardebuena. Traumado como un usuario milenial de ChatGPT, cierto, pero de una pieza.

Ha sido uno siempre de natural callejero, dado a la extrema vagancia y a perder el tiempo en los más infructuosos quehaceres. Para qué nos vamos a tapar a estas alturas. Que quien mucho lee y mucho anda, mucho sabe, escribió Cervantes. Salir en lunes fue siempre santo y seña, modo de vida. Una manera propicia de caminar desacompasado de liturgias, obligaciones y otras materias del mercado. Llegada esta edad y condición impropia, en la que se esperaba uno la liberación definitiva de las agendas, resulta que no.

Donde cabía un puede, ahora toca un debe. Ya no hay margen para el haiga porque todo es imperativo capitalista. Y se encuentra uno en la verbena anual de personas en edad de brasero ataviados como mozuelos -de dónde han salido esas curvas- adoradores de Dionisos pasados de rosca, a la hora en la que los humanos de fe verdadera están practicando el yoga nacional. O sea, la siesta.

En los tiempos buenos, esto se hacía de madrugada. Y así los gatos eran pardos, las señoras tenían una cierta indefinición que propiciaba la sorpresa y a los caballeros implantados de pelo nuevo se le podía dar esquinazo con elegancia. Pero es que ahora se hace el ridículo a plena luz del día y, digamos, no es lo mismo. Las pupilas dilatadas son más visibles, el arrastre vocálico se convierte en evidente y aquello pasa a ser un círculo del infierno, dantesco, donde están los oficinistas abúlicos de diario que practican el ayuno selectivo para entrar en los pantalones de pitillo.

Recuerda uno con admiración aquellos personajes herrumbrosos, derrotados, de antes del Tinder. Envueltos en humo en garitos perniciosos de canalla pata negra. Y todo se ha transmutado en una especie de celofán, en un trampantojo, donde hay que ser sociable por obligación hasta que los vasos de cristal se estampan en el suelo. No me extraña que la chavalería haya desertado de los bares vistos los precios y los pesados.

Me tienen que explicar dónde está la gracia, la verdad. Que antes, cuando no se hacían fotos con el móvil, podíamos poner cara de no estar allí. Pero ahora, con tanta luz y tanta farfolla, a ver quién pasa desapercibido entre tanta multitud de gente dispuesta a pasarlo bien por sus santas gónadas de cuatro a ocho de la tarde.

*Periodista

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