Opinión | El trasluz
Un hueco mental

Un hueco mental. / ShutterStock
A mí, de pequeño, la vida me parecía un asunto literalmente inabordable. Tanto en casa como en el colegio, me transmitieron la idea de que había que tomarla al asalto, como los piratas del cine abordaban los barcos cargados de oro o de viandas. No me sentía preparado para saltar de una cubierta a otra con un cuchillo entre los dientes. Era un niño poco o nada agresivo, muy dado en cambio a angustiarme por los problemas económicos de los mayores, de cuyas penurias me hacía cargo como si fueran mías (y lo eran, de rebote, pero lo eran). Recuerdo haber ido por la calle de la mano de mi padre o de mi madre preguntándome cómo se ganaban la vida las personas con las que nos cruzábamos. Y recuerdo también fijarme mucho en el aspecto de aquellas personas al tiempo de decirme:
-Me conformaría con parecerme de mayor a este o a este otro. Me conformaría con llegar adonde han llegado ellos.
Elegía a mis modelos en función de cómo fueran vestidos (ese dato era muy importante), pero me fijaba también en sus rostros. Deducía de ellos, supongo, si estaban felizmente casados y si habían alcanzado consigo mismos los acuerdos necesarios para moverse por el mundo: si habían logrado, en fin, abordar la vida, a la que percibía como un lugar físico, como una fortaleza. La vida no era entonces un espacio moral, sino una especie de castillo de piedra rodeado de un foso con cocodrilos. Nadie, nunca, me habló del costado mental de la existencia que, curiosamente, fue el hueco por el que logré colarme en ella, en la existencia, para hacer frente a sus dificultades materiales. La vida no era un sitio para cobardes. Veíamos entonces muchas películas del Oeste en las que la valentía física resultaba imprescindible para mantenerse a flote. Los Reyes Magos nos traían revólveres copiados de aquellas películas para que aprendiéramos a matar.
Me pregunto qué piensan ahora los niños que escuchan hablar a sus padres de los problemas de la vivienda, los niños que quizá viven en una habitación o en un pseudo-piso con sus hermanos y progenitores. Cómo imaginarán, cuando se metan en la cama, cómo será la vida con las que les toque pelearse. Los veo ateridos de frío o muertos de calor y me veo a mí montándome historias fantásticas para huir de la miseria circundante. ¿Piensan los políticos en esos críos?
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