Opinión | Calma aparente
Fortuna borrascosa
Por segundo año consecutivo, he vuelto a las Canarias en diciembre. Ha sido por casualidad, no por vocación de costumbre. Esta vez, el motivo de la visita era una boda. Llegamos allí y la amenaza de la borrasca Emilia sobrevolaba el ambiente. La noche anterior lo estábamos comentando cuando se nos acercó un barbudo solitario en busca de un poco de conversación y algún cigarro. «¿Sabéis por qué la vida salió del agua?», nos preguntó, y negamos con la cabeza. «¡Porque se aburría!», sentenció. Nos quedamos callados, estupefactos. Después nos dijo que no nos preocupásemos por la lluvia. «Lo tengo todo hablado», aseguró mirando y señalando al cielo negro. Debió de equivocarse de negociado, porque al día siguiente nos encontramos con un escenario apocalíptico. Aquella noche, entre tanta elucubración, por poco caemos en el ocultismo. Quizá por eso empezó la gente a comprar el número de la lotería del bar en el que estábamos. Cuando me decidí a hacer lo mismo, ya no quedaban cupones.
El tiempo respetó la llegada a la iglesia y el traslado al convite, todo un detalle. Después se desbocó. Menos mal que los arreones de viento y de lluvia nos pillaron a cubierto. Ante ese panorama, no había nada mejor que hacer que emborracharse: era una certeza exculpatoria. Aun así, a pesar de la adversidad, la sonrisa de los novios no era tensa, sino natural; el fotógrafo, analista nupcial involuntario, me aseguró que les auguraba un futuro feliz; yo lo vi claro durante la misa, después del primer apagón. El resto de la ceremonia se desarrolló en el mismo lugar, una carpa acristalada situada en el Jardín de la Marquesa de Arucas; mientras tanto, al otro lado de los ventanales, las palmeras se agitaban como muñecos bailongos hinchables. Hubo jamón y champán, tequila y mariachis, recena y agua mineral. Sin darnos cuenta, se hizo de noche. Los autobuses nos esperaban a la salida. Unos se durmieron a boca abierta y cuello partido. Otros cantaron flamenco.
Por la mañana, además del desayuno del hotel (lo bueno), nos esperaba el vuelo de vuelta (lo horroroso). Los domingos de resaca y avión son duros. Pero me fui con buenas sensaciones. De camino al aeropuerto, me escribió una amiga. Había ido al bar en el que estuvimos el viernes. No estaba el druida de ojos saltones que nos explicó el origen de la vida, pero vio una ventana abierta y le preguntó al camarero si volvía a tener el mismo número de la lotería. Hubo suerte. Me compró un cupón. Podré ser uno más al que no le toca, pero no seré el único que no se forró. Que vivan los novios.
*Escritor
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